A modo de constante eterna, expectante, palpita siempre la hora de los pueblos. Es en ese espacio y tiempo donde las desavenencias necesitan corregirse, cuando se descubren y aún es tiempo, porque en la perennidad de ciclos y períodos, del buey lerdo se han servido las aguas turbias, amainando el devenir que se construye en la estación contemporánea de la vida.
En los años postreros la cosecha nunca será temprana, sólo el llanto quejumbroso bañará costas y ríos, lamentándose en presente, que nadie le haya erigido. La patria que nos legó con sangre, próceres y mártires, desde las primeras luchas, cuando la emancipación tejía su génesis, ha soportado una historia desavenida. En muchos casos, con una modalidad del ejercicio de la autoridad en las relaciones sociales que poco le favorecieron, en cuyos extremos se puede señalar la ausencia de consenso. Esto no ha sido bueno para las sociedades de nuestro joven país, que no supera su largo idilio adolescente. A causa de ello, y de la traviesa mano de la insensatez, se generó en la diversidad de ocasiones, un orden social con características opresivas que la pregonada democracia no ha logrado disuadir, porque en ese transcurso de idas y venidas, sufrió siempre la libertad, emblema excelso en el anhelo de los pueblos.
Desde esta perspectiva que pretende arrojar luz, y asumiendo con responsabilidad la definición conceptual de lo expresado precedentemente, se infiere plausible y urgente, el análisis profundo y meditado, reflexivo, sobre el comportamiento de nuestras dirigencias en los distintos niveles de conducción del Estado. Es dable, por lo tanto, advertir, con claridad meridiana pero preocupante, la falta de interés hacia la búsqueda de consensos. Al momento de tener que explicar el porqué de algunas decisiones, sobresale otra carencia grave que se está haciendo carne en el ciudadano, que si bien recibe anuncios, debe hacerse cargo de la carencia del fundamento, necesario y útil, a la hora de las decisiones y resoluciones emanadas desde los poderes instituidos.
Ese ser tangible de la sociedad palpitante, que soporta la gobernabilidad arrogante, no cree que el porcentaje que da la urna otorgue ilimitadas facultades. No sólo no lo cree. No debe asumirlo de ese modo porque gobernar la democracia social inscripta en nuestra Carta Magna, requiere y necesita del Estado convocante, más allá del interés por la ideología del gobernante.
Convocar, la gran ausente vivencial de nuestro amanecer, no es juntar gente. Al pueblo se le define más allá del término "’gente”; se le define desde lo organizado donde tiene precisión el rol del ciudadano. Convocar es aunar voluntades conscientes detrás de claros objetivos y fundamentos de la Nación. Gobernar, conforme a nuestra concepción filosófica y política, necesita del concurso organizado del pueblo, porque no debe sorprendernos a la común sociedad ninguna elucubración de funcionarios transeúntes.
Uno de los peores daños que sufren las democracias, van de la mano de un mal endémico de nuestra nacionalidad, penosamente concebido, en los últimos 80 años por su conciencia autoritaria de la que nos cuesta desprendernos, genera en la gobernabilidad el autismo que da riendas a la controversia, creando sesgos para la prepotencia, simuladora de libertad mientras más la pregona, instala, consecuentemente, uno de los peores males de la historia que es la opresión, que aunque disfrazada tiene siempre latente sus actos.
La inclusión que no debe faltar es la convocante al pueblo argentino para que desde cada puesto de lucha y de trabajo, se sienta integrado en la realización del país anhelante. Es muy triste que tanta potencialidad viviente, se desvanezca en la impotencia hacedora de cada ciudadano.
"LAS CRISIS las superamos entre todos, con ideas y esfuerzos. No perdamos la genialidad del conjunto de este pueblo, porque de él deviene, sin duda, la sabiduría que edifica la ventura que viene.”
