La guerra en Ucrania se cobra víctimas inocentes y propaga la inseguridad, no sólo entre los directamente afectados, sino de forma generalizada e indiscriminada en todo el mundo.

Sin duda que la paz es el deseo profundo que anida en el corazón de todo ser humano, creyente o no. La paz no viene sola, como regalo caído del cielo. Se logra, se trabaja, se pide al Señor de los corazones. Es don y tarea a la vez. 

La paz es también el regalo que Jesús nos deja a los discípulos-misioneros en su discurso de despedida: "La paz les dejo, mi paz les doy” (Jn 14, 27). Pero notemos que la paz de Dios no es la del mundo. No basta con ausencia de litigios; es mucho más, es el don del Espíritu que ensancha los corazones ajenos a toda forma de violencia. Hay ideologías, reacciones emotivas y símbolos que legitiman tanto la violencia verbal como la armada. No puede haber diálogo con la violencia, porque ésta no posee lógica. No puede haber connivencia con la injusticia, porque ésta empobrece al vulnerable. No hay trato con la Trata de personas, porque mancha la dignidad de la mujer o del obrero.

LA GUERRA

Cuando creíamos que el mundo salía de la noche del Covid 19, apareció otro nubarrón más oscuro aún: la guerra en Ucrania. Es el papa Francisco, con su habitual sensibilidad, quien nos dice en su Mensaje anual para la Jornada de la Paz: Fuimos testigos del inicio de otro azote: una nueva guerra, en parte comparable a la del COVID-19, pero impulsadas por decisiones humanas reprobables. 

La guerra en Ucrania se cobra víctimas inocentes y propaga la inseguridad, no sólo entre los directamente afectados, sino de forma generalizada e indiscriminada en todo el mundo; también afecta a quienes, incluso a miles de kilómetros de distancia, sufren sus efectos colaterales -basta pensar en la escasez de trigo y los precios del combustible-”.

La paz es, por tanto, un don de Dios, pero se convierte también en tarea humana, a la que está asociada una bienaventuranza de Jesús: "Felices los que construyen la paz, porque serán llamados hijos de Dios” (Mt 5, 9). Recordemos el título de la encíclica Pacem in terris, de Juan XXIII. Allí el Papa no habla de la pax in coelis . Sin duda llegará la paz del cielo, pero para quien haya sembrado semillas de justicia y paz aquí.

NECESIDAD DE FRATERNIDAD

Una de las grandes lecciones que nos dejó la dura experiencia de la pandemia COVID- 19, es la absoluta necesidad de la fraternidad, basada en la real filiación divina común, de crecer en la conciencia de que nadie se salva solo. Nos salvamos en racimo, y como decíamos repetidamente, darnos cuenta que todos estamos en el mismo barco. Hemos crecido en un renovado sentido de la solidaridad -de países, de grupos, de familias, de personas- que nos saca de la comodidad y el egoísmo y nos abre al don del compromiso por el otro. No pocos agentes de salud dejaron literalmente sus vidas en bien de tantos enfermos. Y en este sentido, resuenan como nuevas las palabras de Juan Pablo II: "la solidaridad es el nuevo nombre de la paz”.

Como dice Francisco en su Mensaje para esta Jornada de la Paz 2023, "Sólo la paz que nace del amor fraterno y desinteresado puede ayudarnos a superar las crisis personales, sociales y mundiales”. El aislamiento secreto, el "sálvese quien pueda”, el individualismo feroz, no conducen al puerto de la felicidad y la paz.

 

Por Gustavo Larrazábal 
Obispo Auxiliar de San Juan