Feliz e histórica fue la determinación del gobernador José Luis Gioja de encontrar un sitio definitivo para el museo sanmartiniano de San Juan. Y no sólo tuvo el apoyo unánime de la Cámara de Diputados, sino de todos los sanjuaninos que deseaban pasar al olvido los tristes desencuentros por la utilización del solar sanmartiniano de la Celda Histórica que formara parte del convento de la Orden de Santo Domingo, y donde se alojara en dos ocasiones en el siglo XIX el general San Martín (por cuya razón ese espacio es hoy Monumento Histórico Nacional).
Hubo de todo, sazones y desazones, lunas de miel y de pimienta rosada. El vulgar rosario de voces encontradas, azuzado por terceros que poco tenían que ver con dominicos y sanmartinianos, pudo haberse evitado con un mayor diálogo que no llegó a tiempo a pesar de algunos esfuerzos muy meritorios en ese sentido. En aquellos numerosos meses y largos días con sus noches, nadie osó jamás discutir los cuatro siglos de la Orden en San Juan que acuna con honor tan milenaria gracia. Y menos a los ilustres frailes que predicaron la enseñanza y la caridad cristiana para varias generaciones. Sólo se pretendió hacer lo que en cualquier parte del mundo en situaciones similares: dar el lugar histórico que corresponde a una figura como el Padre de la Patria.
Desde su ventana, cada sanjuanino vio pasar esta burda historia, pataleando unos y desde la indiferencia otros. Con desencantos y ambiciones. Con amor y con desamor. Como la historia y las historias de cada día. Pero dieron las doce en el reloj de estos enredos de más de 10 años, y la especial intervención del presidente del bloque Justicialista de la Cámara de Diputados, Dr. Daniel Tomas, logró llevar el problema por buen camino, con rigor y celeridad, a través de la Ley 7921.
Para ello, hubo también un trabajo previo intenso de la diputada nacional Margarita Ferrá de Bartol, baluarte de la institución. Y más allá de sus críticas intervenciones públicas, sin dudas bien intencionadas, también fue importante el papel del presidente de la Asociación Sanmartiniana, Dr. Miguel Angel Licciardi, de sus notables directivos, como el coronel José F. Tanoni, el lic. Eduardo Carelli, la prof. Graciela Molina, la Sra. Amanda Romito de López, etc. la Hermandad Seglar, y de varios otros igualmente respetados personajes de la vida local. No debemos olvidar que el obispo monseñor Alfonso Delgado llamó varias veces a la reflexión a unos y a otros para encontrar una solución, y el gobernador Gioja proyectó en este tema, en forma directa su esfuerzo permanente de promover la ruta sanmartiniana por San Juan ante el resto del país.
Es evidente que cuando se logre el Centro de Interpretación Sanmartiniano en el espacio citado, milagrosamente unido al solar de la Celda, el desfile de la victoria será de todos, como si sólo hubiesen existido ideas cargadas en veredas diferentes, y protagonizadas por "pájaros de la misma pluma que siempre vuelan juntos", si recordamos el proverbio hindú. Y, finalmente, es hora de reconocer esfuerzos anteriores como los de Carlos A. Casas, César H. Guerrero, Leonor Paredes de Scarso, César Frankel, y el infatigable Rubén Darío Molina que soñó hasta el final un consenso por la memoria de San Martín.
En lo personal, quien esto escribe, ruega profundas disculpas si el tenor de sus análisis en estas mismas páginas de DIARIO DE CUYO, y en los años de mayor fragor discursivo, pudieron ofender a alguien. Nunca más lejos en las intenciones. Cuando aquí se habla de terceros que azuzaron la discordia, recuerda la expresión "monje negro" utilizada en alguna de esas columnas para referirse, precisamente, a los extraños que buscaron enfrentar inútilmente a dominicos y sanmartinianos. La Celda de San Martín ya luce en paz, y las actuales autoridades religiosas muestran su lado generoso en nombre de un futuro de luz que incumbe a todos.
