Contrariamente al pensamiento del papa Francisco de que en el mundo se deben tender puentes antes que levantar muros, para la convivencia civilizada, en Europa se instalan vallas contra los refugiados. Lejos de establecer una política común para aportar soluciones a la crisis humanitaria y pacificar las zonas de origen y ayudar a recuperar sus economías, la solución es aislarlos en campamentos humillantes.
Ayer el Reino Unido anunció que junto con Francia levantará un muro en el norte del puerto de Calais para impedir que los inmigrantes intenten cruzar el canal de la Mancha. Será de un hormigón especial resbaladizo para impedir la escalada, con más de un kilómetro de longitud y cuatro metros de alto y un costo de 2,3 millones de euros.
Esta muralla se suma a proyectos como en Hungría, donde se construyó una valla en la frontera con Serbia y Croacia, en tanto se planea otra más extensa. En Austria se anunció planes para una nueva pared a lo largo de su frontera con Hungría, a fin de cerrar la ruta migratoria de los Balcanes.
La idea de que las naciones más ricas construyan un muro contra inmigrantes se extiende en el mundo. Tal vez el caso más resonante fue la del candidato republicano a la presidencia de los Estados Unidos, Donald Trump, que insiste en levantar un muro a lo largo de la frontera con México y que, además, lo paguen los mismos mexicanos.
Pero ningún país rico tiene un plan para albergar dignamente a más de un millón de migrantes, en su mayoría refugiados de las guerras de Irak, Siria y Afganistán, que llegó a Europa de manera irregular en 2015 por la llamada ruta de los Balcanes, el ingreso preferido a través de Hungría.
