La "chica” es un árbol sin hojas, endémico de las provincias de San Juan, San Luis y La Rioja, cuya longevidad puede alcanzar los mil años. Posee una madera durísima que nuestros vallistos utilizan en la elaboración de artesanías, desde cabos de cuchillos a valiosos pequeños objetos. Son plantas muy sufridas, de pequeño o mediano porte, cuyo tronco raramente supera los treinta centímetros de diámetro.

Sobre las laderas orientales del Pie de Palo, o escondidas en el fondo de las más ásperas quebradas, existen sin embargo algunas "chicas” de formidable tamaño e imponente aspecto, cuya presencia no deja de ser una sorpresa y un regalo para la vista.

La más famosa de todas es la "Chica Grande”, también conocida como "Chica de los Bayos” y, por otro nombre, "Chica del Zurdo”. No me consta que en San Juan exista otro árbol autóctono que posea tres nombres como éste, tanta es la admiración que ha despertado desde añejos tiempos. Su tronco mide 3,40 m. de circunferencia en la base y 3,85 m. a la altura de la bifurcación de sus ramas primarias. La amplísima copa cuyas ramas terciarias tocan el suelo en diferentes puntos, cubre veinte pasos de longitud.

Vayamos ahora al por qué de la presente nota: a fines del año 1993 DIARIO DE CUYO me comisionó para documentar gráficamente la "Chica Grande” junto a otras rarezas del Pie de Palo oriental. Fue pues en esa ocasión cuando la "’descubrimos”, la fotografiamos y dimos a conocer.

Recordando aquella memorable cabalgata, unos amigos desde hacía tiempo venían insistiendo a que volviésemos hasta el lugar de la "Chica Grande”, para ver con los propios ojos ese monumento vegetal.

Por último, hace apenas dos semanas partimos a lomo de caballo desde el paraje Difunta Correa y, siguiendo la vieja huella que conducía a Valle Fértil, alcanzamos Niquizanga con seis horas de marcha al tranco manso de las bestias. El día siguiente, con otras cinco horas alcanzamos el llamado río Negro -que no tiene agua- y a continuación la quebrada de Los Bayos, donde se encuentra nuestra "chica”.

Pues bien, grande fue nuestra pesadumbre al comprobar que ese gran árbol ha muerto, de muerte natural, tal vez causada por una enfermedad. Sólo le quedan unas pocas ramitas todavía verdes. Todos nos sentimos muy mal ante ese triste espectáculo. Fue como si hubiésemos perdido un amigo.

Sarmiento, recordando desde el exilio la muerte decretada de la higuera de doña Paula, escribió unos párrafos magistrales que expresan el sentimiento de profunda congoja que se siente ante la desaparición de un árbol querido:

"La edad madura -escribe en "Recuerdos de Provincia"- nos asocia a todos los objetos que nos rodean; el hogar doméstico se anima y vivifica; un árbol que hemos visto nacer, crecer y llegar a la edad proyecta, es un ser dotado de vida que ha adquirido derechos a la existencia, que lee nuestro corazón, que nos acusa de ingratos y dejaría un remordimiento en la conciencia, si lo hubiésemos sacrificado sin motivo legítimo”.

Desde luego, nosotros no sacrificamos a la "Chica Grande”, pero sentimos igualmente su muerte.

Estuvimos allá: Carlos Buscemi, con sus 82 años de edad; César Volpini (76); Ciro Delgado (58); su hijo y nieto afectivo mío Ismael (28); mi hija María Victoria (40) y yo. Como baqueano se desempeñó un hijo de aquel Jorge Marín que nos guió en 1993, llamado Alberto.