La sacralización de la naturaleza existe desde los albores de la existencia humana, cuestión que procede -dice Mircea Eliade- de que el cosmos es una creación divina, por lo tanto la naturaleza está grávida de sacralidad. La profusa bibliografía antropológica sobre este tema expresa que dentro de la naturaleza son las majestuosas montañas y cordilleras, por ejemplo, a las que se les atribuyó y se les atribuye, relaciones directas con lo divino e incluso con lo dañoso. En la gran mayoría de las religiones, sean monoteístas o politeístas, siempre existen relatos míticos o sagrados en los que están presentes las montañas o los grandes picos que se elevan hacía el firmamento. Así la literatura bíblica nos dice que el patriarca hebreo Moisés, recibió las Tablas de la Ley por parte de Dios en el Monte Sinaí, ubicado en la península del mismo nombre, en Egipto. En África también, en el imponente Monte Kilimanjaro (un volcán) existen sociedades tribales que interpretan que esta montaña es la morada de uno de sus dioses, y que las esporádicas erupciones o fumarolas son un vaticinio de sucesos nefastos. Las grandes culturas clásicas igualmente contienen esta consideración, como los griegos, quienes creían que sus dioses habían elegido el Monte Olimpo, en la región de Tesalia, como su morada. Así, como estos antiguos relatos, existen otros tantos más, tanto en Europa como en Asia. La cuestión de la sacralidad o de la simbolización de la naturaleza en América del Sur tiene ribetes significativos. Las montañas o más concretamente la Cordillera de los Andes tuvo una enorme importancia en el desarrollo de las culturas andinas y en el imaginario de los campesinos, siendo objeto de culto y de relatos mitológicos. Se piensa que la cordillera es un espacio o ámbito colmado de energía, residencia de diversas deidades, tanto protectoras como dañinas y también se vincula con el tema de la fertilidad, el culto a los difuntos y con los santuarios de altura. Por ejemplo, un ente mítico mencionado por antropólogos ecuatorianos es la "mama-huaca", semejante a la "Pachamama" en cuanto a la simbolización de la naturaleza. Este ser sobrenatural se lo ubica en la parte sur de Ecuador y en las montañas centrales peruanas. También existen unos seres llamados "Apus" que en quichua significa "señores", considerados como espíritus tutelares que moran los cerros y que se los cree instaurados por Dios con el propósito de vigilar o resguardar la vida de las personas. Además recordemos que los huarpes adoraban a un dios principal protector llamado "Hunuc Huar", que tenía como residencia nuestra cordillera. Actualmente en la zona andina local, aún se interpreta que la cordillera con sus cerros y zonas cercanas, son los sitios donde abundan seres malignos como el diablo al que llaman "el malo", como asimismo existen numerosas socavones o grutas en los cuales se realizan reuniones siniestras, lugares que son identificados sin titubeo alguno como salamancas. En los casos de entes maléficos la sacralización del paisaje ha sido objeto de una reinterpretación sincrética de tipo dual.