"…algo le dijo en sus adentros que el jilguerillo no podía ser feliz enjaulado y apretujado el corazón por la despedida sin retorno, vio como las alas desplegadas lanzaban al bello ser por los cielos…"

 

Con recelo, abrió el muchacho la segura puertita de la jaula y el jilguero ni se movió. Había decidido restituirle la libertad. Luciendo la riqueza de sus plumas de oro, parado en el palito que atravesaba la prisión de alambritos de indignidad, siguió casi inmóvil. Metió el hombre la mano en la jaulita y el pajarillo se inquietó levemente. Lo tomó en su mano y se dio cuenta que latía entre sus dedos una vida diferente, una corazoncito de niño inaugural, un amontonamiento de sutiles temblores. 

Depositó esa florcita amarilla en el techo de la jaula y, como poseído por un torrente de gracia, un arrebato de excitaciones, el jilguerito soltó el vuelo, a pesar de ser ciego. La ceguera que el muchacho había descubierto casi casualmente cuando el animalito llegó un otoño y cayó en sus manos casi sin resistencia, había despertado su sobreprotección, convencido de que no tenía otra opción de vida que una casa en el corazón de la suya, el pequeño jardín que tiraba primaveras por la ventana de la cocina. 

Hasta que algo le dijo en sus adentros que el jilguerillo no podía ser feliz enjaulado. Apretujado el corazón por la despedida sin retorno, vio como las alas desplegadas lanzaban al bello ser por los cielos y cómo se enredaba con simpleza en una bandada de tortolitas que cursaba el firmamento y se perdía para siempre en la aventura de la libertad.

Fue entonces que se dio cuenta que nada es más poderoso y salvador que el asalto del aire, el atrevimiento de las manos poderosas de autonomía, el ejercicio del derecho a depender sólo de nuestros impulsos y amores, emprendidos sin condiciones.

Desde lo profundo se le fue cayendo a pétalos de realidad el dolor de creer que los ojos sin luz no tienen horizonte en un pájaro, porque sería imposible el vuelo en un universo encandilado de flores y arboledas, de nubes y de tormentas que no se ven. Comprendió, con la intensidad de una revelación, que es mejor soltar manos que aprisionarlas, cualquier sea el mundo que ilumina desde afuera o desde adentro a los seres vivos.

Desde entonces, su ventanal a la vida le presentó todos los días las "sílabas" que decían el cielo (como bellamente expresa la metáfora de Jaime Dávalos en su canción "Las golondrinas", que compuso con Eduardo Falú); el río rumoroso de iviñas, catitas o jilgueros; la aventura de alas palpando libertades salvadoras ejerciendo el derecho de elegir potreros o brisas.

Una mañana amaneció con el pecho estrujado, como a cualquiera puede sucedernos, e imaginó que en la bandaba que inauguró ese día, pasó el jilguerito de sus amores, desesperado de azules, disfrutando a manotazos de inspiración, desde sus ojitos ciegos, todos los rincones de la vida, feliz de poder hacerlo. Un cosquilleo dulce en la mano que lo liberó, le arrimó un presagio.

 

Por el Dr. Raúl de la Torre
Abogado, escritor, compositor, intérprete.