Pocas veces se ha visto semejante penetración de un evento electoral en la sociedad como esta vez. A punto tal que uno no sabe a qué se dedicará Tinelli después del 28, y hasta los más pibes pueden solfear al dedillo rasgos y características de cada uno de los candidatos.

Hay, sí, una conclusión atemorizante: gane quien gane, se viene un apocalipsis. Deberá ser sostenida esta hipótesis si uno se atreviera a dar fe a lo que derraman las tribunas políticas del cierre de campaña. Del oficialismo o de la oposición.

Los primeros en la lista son los miembros del plantel oficial. Nosotros o el caos, es el mensaje recitado desde Kirchner para abajo, con la idea de reflotar el efecto miedo y poner el ojo del votante en el retrovisor: apuestan a que un repaso de los dirigentes que se les oponen funcione como invitación a no volver a transitar las traumáticas décadas de los ’90 y el inicio de los 2000 (menemismo y Alianza).

No parece eso por ahora rendir demasiado efecto, especialmente porque la sociedad aparece ya más blindada a reaccionar ante la instalación del efecto temor. O porque el temor a la realidad aparece tanto o más firme como el temor al pasado.

Pero resulta ahora que también si el oficialismo gana se viene el apocalipsis. Al menos es lo que resulta de las expresiones de la oposición en la última vuelta del turno. Francisco De Narváez acaba de blanquear en público cierto temor que se difunde en privado entre consultores empresarios, como el avance estatista a imagen del modelo venezolano.

Y, lo peor, es que agregó a la lista algunos factores claramente atemorizantes, que tocan las fibras más íntimas y se asocian al pasado reciente y más temido. Se viene, dijo, una oleada de apoderamiento de los bancos, de los medios -de lo que sería especialmente damnificado él mismo- y, atención, de los depósitos. Sí señor, acaba de hacer su aparición triunfal el fantasma del corralito, madre de todos los temores. Y lo más curioso es que sus destinatarios no son los más cercanos a los autores intelectuales de aquel 3 de diciembre de 2001 -Cavallo, De la Rúa- sino que son ellos sus portadores.

El efecto temor que parece haber sido abordado con decisión por todos los bandos de esta particular elección, también fue recitado con reiteración por la otra espada opositora con aspiraciones: Elisa Carrió. Dice la chaqueña que la única manera de perder es por la vía del fraude, pese a que ninguna de las encuestas que circulan en los dos distritos donde es más fuerte -Capital y Buenos Aires- la da cerca del triunfo.

Tampoco Santa Fe, donde puede aspirar a ganar con Giustiniani, y el único lugar donde parece imponerse holgadamente es en Córdoba, pero por vía indirecta. Allí, el aliado Luis Juez tiene todos los boletos vendidos para un domingo de vuelta olímpica ¿Debería sostenerse que ganó ella si Cobos se impone en Mendoza? Hacerlo sería lo mismo que proclamar un triunfo de Kirchner en Santa Fe si gana Reutemann.

Para hacer más dantesco el panorama electoral que se le ofrece al espectador, Lilita redobló la apuesta esta semana poniendo aún más combustible a sus palabras: Es éste el PJ más corrupto de la historia, proclamó. Y eso que en la lista de los que relega aparecen el de los ’90 y el de López Rega, por citar a algunos.

Tanto como el temor empleado con fines políticos, el otro rasgo de la campaña que entra en su segmento final es el vacío. No se recordarán estos días como los de algún debate estratégico o apasionante, ni siquiera como los dolores de parto de algún producto interesante.

Nada de eso. Semejante chatura de contenidos ha convertido a estos tiempos en la entronización de la imagen y los gestos por encima de las profundidades: los valores, el discurso, la acción, los antecedentes. Nada vale más como activo político de estas geografías que un buen publicista, capaz de crear climas y disparar consignas cortas, telegramas gancheros. Es mejor tener eso -por supuesto junto a un buen presupuesto para que pueda lucirse- que un candidato con prestigio, si es que aún se recuerda lo que eso significa.

Con lo agitado que estuvo el casillero político-económico año pasado, era éste un buen momento para debatir y resolver qué es lo que los ciudadanos pretenden de su país, y no tener que hacerlo a las matoneadas cuando no hay una elección cerca.

Pero pudo más el show. Y un gran astuto como Tinelli consiguió que la gran atención por la política argentina se desplazara desde los canales informativos y su herramienta de debate, al estudio mayor de los picos de rating. No importa que Scioli o Massa no vayan a los debates, pero sí importa que cuando les toque turno en lo de Ideas del Sur puedan mostrarse simpáticos, atentos, prudentes y tolerantes. No importa que cueste encontrar solidez en las propuestas de De Narváez, pero sí importa que sepa bailar.

¿Terminará definiéndose la elección en el estudio de Tinelli?, ¿moverá las variables que entre Macri esta semana a hablar con Marce, o que el Kirchner verdadero aparezca en el estudio al grito de "qué te pasa Clarín"?

El propio conductor explicó antes de iniciar el ciclo esa imperceptible pero decisiva manera que tiene para hacerse sentir. Dice que no fue él quien le haya marcado una puerta falsa al De la Rúa presidente cuando equivocó la salida y marcó una nítida metáfora de los días que vendrían después. Ni quien le dijo el nombre equivocado de su entonces esposa, Paula Robles, saludada por el presidente como Patricia. Se supone que si no sabe el nombre de la mujer del hombre más poderoso de la TV, siempre presente en el programa, es que entonces vive en otro país.

Hay claramente una franja que toma decisiones por lo que ve en lo de Tinelli. Que no debería quedar asociada ni a una generación ni a un determinado nivel social o económico. No son sólo los jóvenes, ni tampoco son sólo los humildes. Es un amplio abanico de ciudadanos que llegan cansados a su casa de trabajar, y que necesitan síntesis. Y como nadie en el terreno político le hace las cosas fáciles, pues entonces qué mejor que prenderse al show y divertirse encontrando cuál de los grotescos con que se muestran los rasgos de cada uno aparece mejor logrado.

Pero si no ocurre algún exabrupto -cuidado los que esta semana, prohibido tropezar con un escalón- no parece probable que termine influyendo decididamente en el resultado final.

Sí, en cambio, quedan algunas moralejas valiosas hacia el futuro. Una de ellas es la desigualdad interior-metrópoli vigente en diseño de la tele. Como todo lo que se ve en el país se concibe en Buenos Aires, los espectadores de cualquier provincia argentina de las alejadas terminará conociendo más a los candidatos porteños y bonaerenses, a los que no podrá votar, que a los de su distrito. Aquí, la gente conoce más a Kirchner que a Tomas, a De Narváez que a Ibarra, a Stolbizer o Carrió que a Colombo.

Así cerrará la semana clave, la decisiva. Con el show y el miedo como el condimento electoral ineludible. Con mucho maquillaje y mucha pirotecnia verbal. Al fin y al cabo, nada extraño para la hoguera en que se ha convertido la política argentina.