Es difícil para mí explicarles como fue mi corta vida de solo 42 años. Puedo decir con orgullo que nací en la ciudad de San Juan una bella primavera de 1786, el 27 de octubre. Pero si bien una plaza con mi estatua me recuerdan, además de una escuela y otras en diversas provincias, mis comprovincianos me tienen siempre presente pero, que difícil es a veces honrar a alguien que -mas allá de sus merecimientos-, no legó a la posteridad recuerdos como mi amigo Domingo F. Sarmiento de una casa -hoy museo- y tampoco de una lápida o un lugar de sepultura, mi tumba que hubiese querido tener no por vanidad, sino para mi familia.

Así la historia tiene muchas variantes que por supuesto escapan a uno. Pero vamos por parte. Nací del casamiento de mis padres José Ventura de Laprida, asturiano de nacimiento con mi madre María Ignacia Sánchez. Yo fui el quinto hijo, antes llegaron mis tres hermanas, todas Marías y mi hermano José. Así puedo decir que tuve con quien jugar y al ser el benjamín fui muy mimado. Es uno de los mejores recuerdos. Mi casa estaba ubicada en la calle Cabildo -hoy General Acha- 150 metros de la Plaza de Armas.

Mi padre, hombre que tenía muy buen tacto para los negocios compró un lote de unos 30 metros de ancho donde comenzó a edificar lo que hoy sería una casa colonial andina, con los materiales de la época y una típica distribución, y si me extiendo en esta descripción es por que hoy la casa no existe, el terremoto del 15 de enero de 1944 la dañó muy severamente y en esos días la prioridad era la seguridad, no el patrimonio histórico, no por mi sino por que era una vivienda de la segunda mitad del siglo XVIII.

Digo seguridad porque sus paredes eran de adobe, pero resistió el movimiento telúrico, ya que tenían entre 70 y 80 cm de grosor. El techo, de rollizos, cubiertos por caña y barro no resistió. Su frente poseía tres balcones a la calle con rejas de hierro, al medio del frente se encontraba la puerta principal, que era de algarrobo macizo con un llamador de bronce que de chico no alcanzaba y era mi sueño crecer para golpear llamando la atención de mis padres. Pero no tuve que esperar mucho ya que subiéndome en las espaldas de mis hermanas -las tres Marías- pude hacerlo a corta edad. Después de un zaguán, daba a un patio y a un segundo zaguán. En el primer patio se encontraban las habitaciones de la familia y el dormitorio de huéspedes, todos unidos por galerías.

En el segundo patio vivía el personal de la casa. No deseo decir servidumbre, por que siempre fueron tratados como de la familia. Este patio era más grande, y poseía además un granero donde se podía llegar a caballo y un horno de barro para las empanadas clásica comida de los domingos.

Es la casa de mis recuerdos, la construyó mi padre antes de casarse hacia 1781, nacimos con mis hermanos y fue el lugar desde donde partía a la escuela. También allí murió mi padre y viví cuando me casé y nacieron mis hijos. Desde allí partí a Chile, al Congreso de Tucumán y muchos otros viajes. De uno de ellos -a Mendoza- todos quedaron esperando mi regreso, el que nunca se produjo.

Mis estudios fueron algo poco tradicional para la época. Empecé en San Juan en las aulas anexas de la Iglesia de San José, cerca de donde más tarde funcionó la Escuela de La Patria, siendo mis maestros Ignacio Sánchez, mi tío, y clérigos Dionisio Jofré y José Maradona. Ellos alentaron a mi padre a que siguiera mis estudios para lo cual me envió al Real Colegio de San Carlos en Buenos Aires. No lo podía creer, era una ciudad enorme comparada con San Juan. Tenía el puerto -mi gran atracción- y estuve allí hasta 1803 en el que volví a San Juan. Después de un año partí a Chile, al Colegio Carolino de Santiago; en 1808 me gradué en la universidad de San Felipe de Bachiller en leyes y en 1810 de Licenciado en Leyes y Abogado. Hice algunos viajes hasta Valparaíso para ver el Océano Pacífico y aquel próspero puerto.

Si bien comencé el ejercicio profesional, creía que mi Patria me reclamaba y volví a San Juan donde trabajé como abogado pero hubo algo más fuerte que me hizo dejarlo de lado: abrazar la causa revolucionaria. No era un guerrero, pero pensaba que podía ser útil. Primero ayudando a José I. de La Roza, mi amigo quien en 1815 me presentó al general José de San Martín. Desde las salas del Convento de Santo Domingo ayudé a trazar en alguna forma los planes de la Campaña Libertadora y ayudar, como lo hizo mi padre, con dinero y ganado. Él adhirió a la causa, nunca lo sentí decirse español, el siempre decía que era un asturiano y que por lo tanto era libre. Pero lo que cuento como una incorporación a la causa de Mayo tuvo pasos previos, que, como hombre de leyes no podía desconocer.

En 1811 fui elegido Asesor del Cabildo -institución española que sobrevivió varios años a 1810-, luego fui electo Alcalde de Primer voto en 1812. Casi participo de la Asamblea del Año XIII pero diferentes acontecimientos no lo hicieron posible. Luego en 1814 fui procurador del Cabildo. Después fui testigo y actor de los sucesos que provocaron la Carta de Mayo y posteriormente mi labor -ya en 1821 con la Primera Sala de Representantes me vio como diputado y presidente en 1822 y reelecto en 1823. Pero no es de este cotidiano trabajo del que les quiero hablar o deseo recordar.