"No podemos evitar el viento, pero podemos construir molinos".

El hombre siempre está acompañado por la enfermedad, ya sea agazapada o bien cuando se presenta como diciendo "acá estoy". No hay otro camino que recurrir a la ciencia, a la fe y la solidaridad de nuestros amigos conocidos o no, porque "todo el mundo necesita de la solidaridad y el que no la otorga a los demás difícilmente la encontrará luego para sí mismo", según el pensamiento de Menéndez y Pelayo.

Pero dentro del proceso que se vive en una enfermedad, no hay pesar mayor que el de sentir la soledad a pesar de la atención permanente de profesionales idóneos, el cariño de familiares, amigos.

En una terapia, donde van los que son potencialmente recuperables se siente la soledad a pesar de todas las atenciones. Y acá es donde aparece lo inesperado en nuestro caso: Mercedes a quien no conocí, separadas por un biombo como estábamos, pero que llegó con su palabra simple, sencilla y ella hizo sentir el latir de la soledad, porque la soledad en momentos tan difíciles es bueno sentirla, porque es un ir hacia adentro, para luego elevar el alma hacia la trascendencia total.

Tendió su mano y su solidaridad, emitió su voz que era apenas un murmullo, era lo que le quedaba por la enfermedad que la estaba devorando. Aunque le costaba hablar, no emitió ni una queja, al contrario, sus palabras emanaban el amor que había en su alma y hacia todos. Comprendía como pocos los sufrimientos, pero ella alimentaba la fe con la fortaleza que le daba la esperanza y fuerzas para afrontar los obstáculos que se le iban presentando. Su corazón se emocionaba cuando hablaba con el mayor de los agradecimientos de su joven cirujano el Dr. Andrés Kerman y se ponía muy contenta al recordarlo.

Mercedes apareció en el momento preciso. No sé cómo es su rostro, no conozco su apellido, ni su domicilio porque no nos conocimos personalmente, pero hablábamos de manera muy breve en la mañana y en el anochecer. Pienso mucho en ella y creo que era evangélica.

Por todo ello Mercedes, amiga… siempre serás mi amiga invisible materialmente, pero siempre presente espiritualmente. Si algo pasa Mercedes y estás en este mundo, escucha lo que te digo: tus palabras y optimismo fueron para mí como la lluvia en la sequía, porque si bien la vida nos presenta razones para llorar, hay que considerar y demostrar que también tenemos mil razones para reír, como lo manifestabas.

Estuviste en mi camino y en el momento preciso, ayudando con tu palabra y ejemplo para alcanzar la plenitud espiritual y más cuando finalizabas tus oraciones junto a tus hijos con la suavidad de la brisa y el perfume de una flor. Cuando las luces se apagaba indicando el momento de dormir, te oía decir muy pero muy bajito: "Señor, Señor te pido que esta noche pases por aquí".

(*) Escritora, historiadora, docente universitaria.