Mérito y premio son anverso y reverso de una misma moneda. La moneda en este caso, es la virtud de la justicia, que nos dispone a dar a cada uno lo suyo. En ese sentido, la justicia es ordenadora de la vida social ya que pone rectitud en nuestra relación con los demás. 

Una sociedad justa procura mecanismos para premiar o recompensar los actos meritorios de sus ciudadanos. Por el contrario, una sociedad que desprecia el mérito, no sólo iguala para abajo, sino que termina promoviendo injusticias. Porque en la base de la acción meritoria hay esfuerzo y sacrificio que se traducen en logros que la sociedad no puede obviar. 

Efectivamente, el mérito, que proviene del latín meritum, es la acción que convierte a una persona en merecedora de un premio. Recompensar no es usina de privilegios espurios. Todo lo contrario. Recompensar actúa como estímulo que lleva a redoblar esfuerzos y vencer obstáculos. 

La indiferencia social y la desvalorización más ideológica que fundada, no son los mejores aliados para ese camino de resistencia y ascenso que conlleva la acción meritoria.

MÉRITO Y LIBERTAD

Recordemos que esencialmente el mérito es una cualidad inherente a una buena obra. En virtud de esa cualidad la acción se vuelve meritoria y merece en "justicia", ser recompensada.

El mérito, como cualidad de los actos humanos, guarda relación con la justa retribución o premio, hecho por otro. Pero la acción meritoria no está motivada por el interés al reconocimiento. Ello sería obrar movidos por vanagloria que aniquila toda posibilidad de mérito. 

En la base del mérito, hay trabajo, renuncia, entrega y arrojo por alcanzar las metas propuestas. Pero no basta para que la acción sea digna de premio. Debe asimismo ser una acción moralmente buena, en su objeto, fin y circunstancias. Además, debe ser libre, tanto de coacción interna como externa. El mérito en el contexto de la virtud de la justicia, exige que el acto sea realizado con pleno discernimiento y libertad. En ello se funda el mérito. Sería improcedente recompensar acciones contrarias al orden moral o realizadas por obligación. 

Precisamente, esta conexión entre acciones meritorias, libertad y orden moral, debida y justamente recompensadas, se convierte en el mejor estímulo para construir liderazgos éticos. Estos liderazgos tienen mayor apego al bien. De allí la importancia de la revalorización de los actos meritorios. Ahondemos un poco en este punto. 

MÉRITO Y BIEN

Contrariamente a lo que se piensa, el bien atrae a nuestra voluntad. La Antropología Filosófica lo enseña con claridad al definir al bien como "todo acto perfecto y perfectivo de otro que actúa a manera de fin y es deleitable". Es decir que en la base del bien hay una oferta de completud y perfección para el que obra. Y como el bien es la contracara del fin, actúa a manera de imán, desencadenando acciones buenas y meritorias. En ese sentido afirmamos que el bien atrae con la fuerza de un imán. El bien es un ser perfecto que, al completarnos en perfección, lo vuelve en máximamente amable y apetecible para la persona (Dra. Ma. C. Donadío Maggi de Gandolfi, en Fundamentos filosóficos de la Ética Biomédica, Bs. As. 2003)

MÉRITO Y CARIDAD

A ello hay que agregar otro elemento. Sí bien el camino hacia el bien que supone el mérito es difícil, no es lo arduo del objeto lo que determina el premio. La medida del acto meritorio depende del grado de caridad y de amor que nos moviliza a hacer el bien.

Lejos de negar el valor de los actos meritorios, las sociedades deben promover este tipo de conductas, en cuyas bases la caridad emerge como fuente de valores y virtudes morales. Para que ello sea posible, las sociedades deben superar prejuicios ideológicos, la pedagogía de la mediocridad y del vuelo bajo.

 

Por Miryan Andújar
Abogada, docente e investigadora
Instituto de Bioética de la UCCuyo