En un mundo donde el desarrollo de las naciones se plantea en el campo del conocimiento, infinitamente superior a cualquier potencial de materias primas, es preocupante la reducción de los fondos para que la inteligencia aplicada incida en el crecimiento basado en la tecnología y la investigación.

Por eso diferentes sectores y en particular la comunidad científica argentina, han alertado a los legisladores nacionales sobre el retroceso que implica una reducción de fondos como la que contempla el proyecto de Ley de Presupuesto para 2017 que el Poder Ejecutivo giró al Congreso y se está analizando en comisión. Se trata de un recorte de fondos para la mayoría de los organismos del Sistema Nacional de Ciencia y Tecnología.

El cálculo de recursos para el funcionamiento del Ministerio, el Conicet y la Conae es de 13.957 millones de pesos, equivalente al 0,59% de todo el presupuesto nacional, un porcentaje menor al de años anteriores que osciló del 0,7 y 0,8% de 2009 a 2016. También sorprende la decisión política, porque en campaña el presidente Mauricio Macri se había comprometido a asignarle al área de ciencia y tecnología el 1,5% de la inversión total.

En este campo no se improvisa ni se logran resultados con ajustes económicos sino todo lo contrario. Formar un investigador científico lleva muchos años a partir de una carrera universitaria en ciencias de seis años como mínimo, a lo que se suma un doctorado de otros cinco años. Si a eso se le suman de dos a cinco años de experiencia posdoctoral, se agregan entre 13 y 16 años de formación. A partir de allí el país puede disponer de una persona que sea capaz de plantear una pregunta científica y resolverla de manera independiente.

El desempeño de la ciencia en las naciones desarrolladas en los últimos años señalan que no hay país que haya crecido sin haber invertido en la ciencia y la tecnología, y los ejemplos más claros están en Corea del Sur y China. Por eso, es de suponer el retroceso que implica en la Argentina si al Ministerio de Ciencia y Tecnología se le recortan en 2017 casi mil millones de pesos en términos absolutos, lo que representa una reducción del 32,5% respecto al presupuesto de este año.

Por tratarse de un área muy sensible, las consecuencias se pagan caro y las conocemos. El desencanto impulsa la fuga de científicos que luego nos sorprenden trabajando en el extranjero en inéditos proyectos espaciales y cibernéticos, por ejemplo.