Parece que va a llover, raro es en esta tierra. El aroma a humedad me gusta, pero me alerta de los dolores de huesos y me pone triste porque fue un día como hoy cuando mi amigo (¡va… qué sé yo si fue mi amigo!) me llevó al parque, dio varias vueltas por el lugar, me bajó y aceleró su viejo auto color verde, pienso que para confundirme, hasta que lo perdí de vista. Yo era muy pequeño para seguirlo o para encontrar su rastro. ¿Podés creer que no lo vi más? Parece que esa gente huye de los parques.
Acá estoy, apolillado de años, estos pocos años que viven los perros, con días de gloria y jornadas mal vividas; rengo, no hubo manera de curarme del golpe que me dio la moto que salí a correr aquella mañana cuando era feliz haciendo eso; mal comido, porque la señora que todos los día nos dejaba un hueso y algún alimento, se fue de este mundo y su casa ha quedado apretadita de sombras, como nosotros, los de la calle. Y me pongo a recordar… no hay otra cosa que hacer para los perros que ya no pueden corretear por ahí o salir de patota con sus amigos. El gato que vi ayer asomarse por la ventana con balconcito me recuerda al que una vez perseguí porque sí (porque los perros debemos perseguir gatos); el muy ladino se dio vueltas y lanzó un soplido extraño que me paralizó. Cuando al día siguiente pasé por su casa, estaba echado junto a un perro. ¿Cómo es la cosa, entonces? Aunque a mí me hubiera gustado estar a su lado, no sólo porque no tengo nada contra los gatos, sino porque tendría hogar.
Caen unas gotas. Enero suelta chasquidos de fuego. Me voy al zaguán de don Rómulo. Espero que esta vez el viejito esté de buen humor y no me corra. No lo entiendo, un día me acaricia el endurecido pelo y otro ni me mira. ¿La gente se fija en los perros de la calle? ¡Qué se yo! Pero nosotros nos fijamos en ellos, esperamos de cualquiera una mirada especial o una palabra que nosotros perfectamente comprendemos.
¿Me está llamando don Rómulo o me parece? Yo voy, total no hay peor diligencia que la que no se hace. Le enrostro mi tristeza cenicienta, le muevo la colita como un saludo, le regalo un ladridito que parece un piropo y él me invita al zaguán. Sé que mañana me ha de despertar temprano para que salga de ahí, cuando se va al trabajo con su carrito de afilador.
Y una vez más la hermana melancolía, tobogán gris de los últimos años, sendero hacia casi nada; la soledad que acompaña como enfermedad o espina hasta un pozo sin fin; aunque dicen por ahí que habría un cielo para los animales.
(*) Abogado, escritor, compositor, intérprete.
