En ocasiones la vida nos pone frente a personas que hacen daño. Las causas son variadas y casi siempre las buscamos afuera, en el otro. Los años, que suelen ser buenos consejeros, me han mostrado que el camino inverso suele ser el más indicado. Qué lo fundamental es mirar hacia adentro e intentar primero, llevarse bien con uno mismo.
Es el camino que propone AnselmGrün en su libro "No te hagas daño a ti mismo” (ed. Sigueme, España, 2001).
Su teoría descansa sobre una idea eje: Sólo pueden dañarnos aquellos a quienes damos poder para hacerlo. Este punto que es nodal en la tesis de Grün, se apoya en el filósofo griego Epicteto (50 dC), para quien nadie puede ser herido sino por sí mismo. Su doctrina es producto de su propia experiencia. Conoció el dolor de vivir como esclavo la mayor parte de su vida y fue maltratado por su dueño hasta el punto de dejarlo rengo. De su amo comprendió lo difícil que es sanar las propias heridas. Él también fue esclavo y luego liberado por Nerón. Pudo apiadarse de la suerte de Epicteto, pero hizo exactamente lo contrario. Tal vez no supo asumir ni superar el daño recibido y lo traspasó con mayor crueldad a otros. Epicteto en cambio, logró superar sus heridas convirtiéndose en uno de los filósofos más reconocidos de la filosofía estoica.
Toda la filosofía de Epictetogira en torno a una pregunta: ¿quién nos hiere realmente? La respuesta a la que llega es clara: sólo pueden dañarnos aquellos a quienes damos poder para hacerlo. Por eso su propuesta tiene que ver con un hombre vuelto hacia sí mismo, mirando su interior y logrando el control y conocimiento de sí mismo. Nadie más que uno está al mando de su alma. Por eso es uno el que permite que otros nos hagan daño.
He aquí una primera conclusión de su pensamiento: Yo le doy poder al otro para que me hiera. Es conocida su frase que resume estas ideas: "Por lo que a mí respecta, Anitos y Melitos pueden matarme, pero no pueden hacerme daño alguno”. Recordemos que Anito y Melito aparecen en "La Apología de Sócrates” de Platón, como dos de los acusadores de Sócrates.
La herida, hija del autoengaño
Para el filósofo Epicteto, el camino hacia la libertad interior comienza teniendo ideas exactas de las cosas que suceden a nuestro alrededor que, en muchas ocasiones, son distintas de las ideas que nos hacemos de las cosas. Así, por ejemplo, no es la amistad que se quiebra tras vanas discusiones la que nos lastima. Lo que nos hiere en realidad es la idea que nos hemos hecho de la amistad con tal o cual persona. El autoengaño me lleva a poner virtudes donde no las hay y sobredimensionar la figura de ese otro que me daña. En algún momento, nuestra idea equivocada, tropezará con la realidad, y la puerta al daño interior quedará abierta. De esa manera, estas ideas erróneas, acabarán hiriéndonos más que la herida producida por el otro. Más que la falsía de una persona, nos termina hiriendo el autoengaño sobre aquella. Por ello, en este proceso de sanar las heridas que nos hacen los demás, debemos empezar por llevarnos bien con nosotros mismos. Solo con detenernos y mirar nuestros conflictos con otros, descubriremos que suelen ser manifestaciones de nuestros conflictos internos no resueltos.
Llegamos así a una segunda conclusión: las personas que hacen de las relaciones con el prójimo un campo de batalla plagado de malentendidos, han fracasado primero, en la conquista de sí mismos.
¿Quién debe cambiar?
Cuando las relaciones se vuelven tensas y los conflictos arrecian, tendemos a procurar que el otro cambie. Pero en realidad es uno quien debería empezar a desatar sus propios nudos. Ello implica autoconocimiento, una serena vida interior y la decisión de cambiar. Sólo así podremos mejorar nuestro encuentro con otros.
Esto me recuerda un breve cuento de Anthony de Mello sobre la transformación interior. "A un discípulo que siempre estaba quejándose de los demás, le dijo el Maestro: Sí es paz lo que buscas trata de cambiarte a ti mismo, no a los demás. Es más fácil calzarse unas zapatillas que alfombrar toda la tierra”.
