Tras un tenso debate, las comisiones de Legislación General y de Familia de la Cámara de Diputados de la Nación emitieron un dictamen de mayoría buscando modificar el Código Civil para permitir el matrimonio de personas del mismo sexo. La realidad de la condición homosexual es frecuentemente difícil y dolorosa por las dificultades de integración social que comporta, agravadas a menudo por discriminaciones de la dignidad personal.
Las leyes civiles no tienen por qué sancionar "lo que se hace" convirtiendo el hecho en derecho. El legislador debiera procurar que la ley civil esté basada y regulada en la ley natural. Ninguna de las notas de la totalidad y fecundidad, que constituyen la naturaleza misma del amor del que se nutre el matrimonio, se dan ni pueden darse en las uniones del mismo sexo. Son dos realidades substancialmente diversas que no pueden ser equiparadas sin que con ello se violente el ser mismo de la persona humana. Cualquier equiparación jurídica de dichas uniones con el matrimonio supondría otorgarles una relevancia de institución social que no corresponde en modo alguno a su realidad antropológica.
Un punto de particular importancia en el que la equiparación entre el matrimonio y las uniones homosexuales se muestra como imposible es el derecho a la adopción. La psicología moderna ha puesto de relieve lo que la sabiduría humana de siempre ya conocía: la falta de la figura paterna o de la figura materna no se sufre sin graves dificultades en el desarrollo de la personalidad. Esta falta, agravada en el caso de la unión homosexual por la presencia de dos "padres" o dos "madres", exigirá en el niño un esfuerzo aún mayor para poder dar un perfil sólido a su identidad sexual normal.
No es, pues, posible calificar de discriminación el que las leyes prohíban la adopción a personas del mismo sexo. Más bien hay que pensar que el injustamente tratado sería el niño eventualmente adoptado en esas circunstancias. Tanto más cuando son muchos los matrimonios idóneos dispuestos a adoptar y que, por una u otra causa, no consiguen llegar a ver realizado su deseo.
Los niños que, por desgracia se hayan visto privados de una familia propia no deben ser sometidos a una nueva prueba. Tienen derecho a crecer en un ambiente que se acerque lo más posible al de la familia natural que no tienen.
