Como el que firma un compromiso más, Néstor Kirchner puso la suya hace poco más de 6 años, en abril de 2003. Asumía promesas escritas de campaña, nada extraño en la política de estos tiempos y de los que vendrán, que luego quedan como papel mugriento y ajado por los años, o como palabras llevadas por el viento si aquella proclama no hubiese sido documentada. Esa vez, el candidato Néstor se comprometió a una larga lista de temas pendientes con San Juan que a cualquiera con algo de sensatez le hubiera parecido un riesgo inútil. Decía el papel que firmó el aspirante que corría con el caballo del comisario -el del presidente Duhalde- junto a Daniel Scioli, José Luis Gioja y hasta Leopoldo Bravo por el ala bloquista volcada a este lado: Dique Caracoles terminado, obras en rutas claves, paso por Agua Negra, cloacas de Rawson, finalización del Hospital Rawson. No se habían animado a pronunciar las palabras Centro Cívico por miedo al absurdo, a caer en alguna quijotada estéril que vuelve incrédulas a las campañas. Por eso no entró: el Centro Cívico quedó anotado en el margen, en las extras.

Alguien se habrá acordado de aquella noche, y dio la señal de alerta. Porque hace unos 10 días que la Casa Rosada anda buscando ese papel que le permite acercarse a una promesa sobrecumplida, suponiendo que la gestión de Cristina es la misma que la de Néstor y que aún quede pendiente de aquel documento algún pronunciamiento más comprometido por el paso a Chile, que parece tener más entusiasmo de Brasil que de los propios dueños de la geografía.

Siempre existe la presunción de que los números oficiales se agrandan cuando conviene y se achican también cuando no conviene. Por eso, sonó a mucho el dato de aquel acta compromiso traducido en metálico: en lo que va de ejecución, más de $4.000 millones por aquellas obras comprometidas con San Juan y realizadas. Puede ser cierto, como lo es también que en aquella declaración de voluntad no estaban otras obras aún más grandes, como el impactante y moderno nuevo edificio.

Por eso, ¿quién hubiese pensado que alguna cosa que tuviera que ver con el Cívico pudiera salirse de la matriz de frustraciones que rodeó a la historia del edificio? Había que poner demasiado optimismo o demasiada irresponsabilidad para una construcción que se convirtió en el emblema de la desidia y la impotencia, bien en el corazón de la ciudad para hacerlo recordar todos los días.

Y que contaminó por décadas al inconciente colectivo del ciudadano medio sanjuanino, alimentado por todas las veces que sintió en propia piel las tomaduras de pelo. Desde el momento en que no recibió explicaciones sobre las razones por las que se detuvo aquella obra monumental. Hierros y cemento, dinero público al fin, tirados a los perros y sin una razón para discutir, para debatir, para reclamar. Y entonces, hubo que inventarlas: que la construcción estaba mal hecha, que no soportaría un terremoto, que no hubo presupuesto o hasta que fue ojeado por las brujas.

La realidad era otra. Por aquellos años sin fecha precisa en que se decidió cerrar el obrador sobre la calle España (1981-1982) se quedaba sin combustible un gobierno ilegítimo, y comenzaba su retirada. Dirigía sus estrechos recursos públicos a aventuras como la guerra de Malvinas y el resto que se las arregle.

Total, no había que rendirle cuentas a nadie. Los jueces hacían la venia si alguien se animaba a hacer alguna denuncia, los organismos de control no existían y la vida transcurría en la superficie sin sobresaltos.

Eso sí, nada de preguntar: ni en los medios de comunicación de la época, ni en los registros de información pública ni en las planillas de los recursos figura la razón por la cual aquel gigante de cemento fue abandonado a su suerte sin concluir. Y eso que la evidencia era grande y bien visible: una mole en pleno centro hablando de derroches y de delitos contra la administración pública que en los días actuales no merecen otra cosa que cárcel. O, al menos, un escándalo de grandes titulares, imposible de ser digerido por la opinión pública sin que alguien ofrezca una explicación coherente.

Le temblaban las piernas al Gobernador y a la Presidenta cuando tuvieron que ir a hablar después del sacudón emocional que fue el video de presentación. Desfilaron por allí los titulares de los diarios de la transición, los años que pasaron desde la suspensión hasta la reanudación (1981 a 2004), en los que a cada uno de los que pasaron por la vereda se le ocurrió una idea distinta. Una manera, al fin y al cabo, de sacudirse la maldita sensación de frustración por haber sido estafado delante de sus propios ojos.

Porque eso es lo que fue. Años, décadas, de inventar alguna razón oculta para justificar el abandono y de esa forma calmar la hemorragia de convivir todos los días con un esqueleto amorfo que recuerda la condición de engañado-conciente en la que uno suele caer. De mantener las cosas allí donde están, no vaya a ser cosa que saliera demasiada pus. De saber que se podía haber hecho algo más para evitarlo: ¿cómo fue posible llegar al extremo de no tener siquiera la chance de saber que a nadie se le ocurrió gestionar más fondos públicos cuando se agotó el contrato con la empresa Roggio, y mucho menos de censurar a alguien por eso?

Había recorrido la obra una larga trayectoria de frustraciones que son la exacta radiografía de los accidentes políticos a los que tuvo que sobreponerse el país.

Comenzó a ser boceteado en los tiempos de Perón, cuando un par de años después del terremoto se armó un organismo público con una sigla pomposa -la CONCAR- para reconstruir San Juan. Pero con la llegada de la Revolución Libertadora, todo lo que había hecho Perón fue pasado al freezer, con ello el Centro Cívico. Recién con Illia en el ’66 se retomó aquel boceto que tenía sólo anteproyectos, y nuevamente el brusco freno del edificio junto al brusco freno del país: la dictadura de Onganía ordenó disolver la CONCAR, sin sus objetivos siquiera aproximados.

Fue el Bebe Gómez Centurión el gobernador que logró salvarlo (caprichos de la vida: dos obras impactantes de su hijo Carlos hechas especialmente en la Cordillera decoran el salón más impactante del edificio). Intervino la CONCAR y consiguió el presupuesto para la obra. Y empezó. Luego el gobierno peronista de Eloy Próspero Camus -cuya familia fue homenajeada por la Presidenta el jueves y su nombre acuñado en el formidable auditorio- hizo lo suyo, y después la noche negra con la dictadura de Videla.

En democracia, las peripecias del Centro Cívico también copiaron la trayectoria del país: demasiado parloteo, poca acción. Pasaron ideas afiebradas y multicolores. Salón para guardar las motos, un shopping para no perder pisada de la modernidad, un hospital, un casino.

Y hubo que sufrir promesas huecas, como también debió sufrirlas el país: que ya se empieza, que hay una propuesta firme, que comprometieron los fondos. Así, más de dos décadas.

Hasta que el jueves se pudo cortar la cinta de la obra terminada y descubrir los contornos sorprendentes del edificio público más bello del país. Que permite superar la capacidad de asombro, recobrar la confianza en nosotros mismos y hacer un nuevo pacto de convivencia y de vigencia institucional. Mucho más que un edificio.