Para los sanjuaninos está fuera de discusión la trascendencia del árbol, en particular en esta época del año por el aumento de la temperatura y consecuentemente la importancia de la sombra para mitigar el calor. La lógica de vivir en una región semidesértica demanda mayores espacios verdes, pero la realidad muestra una verdadera contradicción cuando se observan los ataques irracionales a la arboleda pública, como el reciente atentado a ejemplares que bordean un sector de la avenida de Circunvalación.

El problema de la depredación arbórea es histórico, desde las erradicaciones masivas del monte natural para el aprovechamiento de la madera, hasta el talado de árboles centenarios que bordeaban los primeros caminos rurales del Valle de Tulum, o de frentistas a los que les importa más lucir locales comerciales o residencias suntuosas, que dejar crecer el arbolado. Se suma el déficit de ejemplares adultos que dejan los vientos y por una decrepitud que llega a la muerte, debido a la prioridad que se le da al cableado antes que al follaje, hasta ser mutilado.

Frente a este panorama se han anunciado numerosos planes oficiales de reforestación en diferentes zonas urbanas y rurales, pero lejos de la potencial demanda del millón de árboles que los especialistas señalan como una cifra para empezar a cambiar la fisonomía del desierto. Hay planes esporádicos que se anuncian sin conocerse las concreciones, como el de una donación de 80.000 plantines de algarrobos blancos, provenientes del norte del país, para la forestación del camino al dique Los Caracoles y los espacios verdes de la presa. Todo ello condicionado a un sistema de riego que estaba en estudio.

También hubo este año iniciativas municipales, algunas coincidentes con la celebración del Día del Árbol en agosto pasado, pero más allá de las buenas intenciones San Juan carece de una política de Estado para que la forestación tenga una estructura acorde con la trascendencia de una prioridad demandada por el hábitat y con proyección turística. Donde existe sombra, sea en lugares de esparcimiento o simplemente a la vera de un camino, hay un atractivo para la recreación veraniega. Pero para ello se necesitan viveros provinciales activos, con especias apropiadas a los rigores de la geografía y un organismo que centralice una campaña permanente.