A poco que rastreemos los caminos de nuestra sociedad, percibiremos que la decencia y la compasión humana acostumbran a brillar por su ausencia, sobre todo entre los desfavorecidos, que suelen ser los más vulnerables y marginados. Debemos evitar que esto suceda o que se prolongue en el tiempo. El legado de la lucha del ayer no puede continuar alimentando el conflicto del mañana. Esta atmósfera de resentimiento y desesperación hay que desterrarla de cualquier existencia. Nos merecemos caminar con otros aires más de aceptación, que de rechazo; con un espíritu más protector, que opresor; si en verdad queremos activar la cultura de la reconciliación, para poder mejorar la inclusión de toda la comunidad. Para ello, quizás tengamos que corregir los estándares de dignidad y clemencia, ajustándonos al derecho internacional, con un diálogo constructivo y el coraje necesario, para que se nos garantice a todos una presencia que nos permita reinsertarnos en este mundo veloz y cambiante. 

El momento nos llama a comprometernos con la vida de la gente, a que nos conmovamos unos por otros, para tranquilizarnos de nuestros males; sobre todo de ese huracán destructivo del espacio cívico y democrático, o de esa posición incómoda de incertidumbre que nos está sustrayendo la seguridad.

Tenemos que aprender a respetarnos, empezando por nosotros mismos, repatriando vínculos para sentirnos familia y reintegrando la perseverancia de tender la mano y de destronar, de nuestro andar, el mirar hacia otra parte.

El legado de la lucha del ayer no puede continuar alimentando el conflicto del mañana. Esta atmósfera de resentimiento hay que desterrarla de la sociedad.

Lo importante reside en no desfallecer para combatir el discurso de odio, que se ha hecho asiduo en nuestras vidas. Sin duda, hoy más que nunca, necesitamos purificar esas manifestaciones dañinas del tejido social, llamando a las cosas por su nombre, pero también con la compostura precisa, asistiendo al dolor de las personas.

Indudablemente, la sociedad como tal, debe comprometerse con pleno respeto y protección de la vida humana, intensificando el cumplimiento de los derechos humanos y promoviendo también la solidaridad.

El rostro humano debe estar presente en toda acción de desarrollo. No hay progreso, si todo se deshumaniza y nadie se compadece de nadie. En consecuencia, tenemos que rechazar esos vientos repugnantes y malignos, como son la corrupción y el soborno, el apropiamiento de fondos públicos y la dominación del frágil, la insensibilidad hacia el pobre y el impedido. Todo esto requiere un acercamiento compasivo y un decoro en los sentimientos, tanto los vertidos en la vida de hogar como en la del trabajo o en la cotidianeidad, lo que nos exige desvivirnos por vivir unidos y dejar a los cotillas que digan lo que les plazca. 

Seguramente, si conociéramos el verdadero fondo de todo y no pecáramos de ignorancia, tendríamos consideración hasta de lo más insignificante. Únicamente la armonización en favor del bien común, hará de nosotros un alma gozosa. Porque si la gloria de los gobiernos radica en el bienestar que imprimen, en la quietud que ofrecen y en la alegría de los gobernados, también hay que sumarle la confianza expedida, lo que imprime una ventana más abierta a todas las preguntas. Es gracias a ese reencuentro consigo mismo, cuando en verdad nos fortalecemos, con el lazo colectivo de los afectos diarios y los efectos comunes, opuestos a la indiferencia, que nos amortajan internamente. Ponerse en movimiento debe ser tarea diaria.