Doña Margarita gritó a las hermanas . En un costado de la celda se apoyó la hermana Isadora Sosa, que desde niña se había criado con el amor de María Antonia (Mama Antula). También el resto de las hermanas desesperadas corrieron. Todas fueron testigos de la gran luz que iluminó el cuarto. El techo llegó a abrirse y un globo resplandeciente se elevó y esfumó en el cielo.
La noticia de la muerte de la Madre Fundadora se difundió rápidamente en toda la ciudad. El virrey Olaguer suspendió todas sus actividades y se dirigió a la casa; allí ya se encontraban los pobres que tanto veneraban a Mama Antula.
Una campesina empezó a arrancarle los pedazos de la túnica y todos la imitaron llevando trozos de tela como reliquia. María Antonia (Mama Antula), con su muerte, había restituido la libertad a sus esclavos; ellos muy agradecidos la cargaron sin ataúd y sin pompas fúnebres, como ella había dispuesto.
Se dirigieron a la Iglesia de la Piedad en medio de la noche; el silencio de la muerte era interrumpido por los pasos en el empedrado. Llegaron al campo santo.
Las hermanas quisieron dejar una señal para identificarla, le pusieron como almohada un grueso leño de ñandubay. Al fondo de la fosa la depositaron como una niña en una cuna. El hábito negro la protegía de la tierra que los negros con insólito cuidado arrojaban.
La cera de las velas impactaban en el suelo. Los colores refulgentes de la Cruz de Jerusalén fueron lo “único que se vio en medio de la oscuridad.
Fuente: Del libro “Descalza”, obra de Nunzia Locatelli, Cintia Suárez y Gisela García.
