El papa Francisco, en su Exhortación Apostólica post sinodal "Amoris laetitia" hace referencia a un tema importante en la vida matrimonial: el machismo y maltrato familiar. Escribe el Papa: "Destaco la vergonzosa violencia que a veces se ejerce sobre las mujeres, el maltrato familiar y distintas formas de esclavitud que no constituyen una muestra de fuerza masculina sino una cobarde degradación… La violencia verbal, física y sexual que se ejerce contra las mujeres en algunos matrimonios contradice la naturaleza misma de la unión conyugal" (AL, 54). El varón es fuerte para la "protección y el sostenimiento de la esposa y de los hijos" (AL, 56), no para agredirlos. El machismo es, pues, fuente de conflictos y algunos matrimonios llegan al fracaso por esta deformación del rol del esposo y padre. Se considera "violencia familiar" al uso deliberado de la fuerza para controlar o manipular al cónyuge o a los hijos. Este flagelo presenta una raíz cultural histórica. Durante mucho tiempo nuestra sociedad ha sido machista, y ha inculcado al varón que tiene el derecho de dominar por la fuerza a su familia. Esto ha sucedido bajo el rol proveedor de la alimentación y de la mayor fuerza física que presenta, lo que conlleva una posibilidad real de abuso. El machismo se rige por la ley del más fuerte, en la actitud de prepotencia al pretender el dominio sobre la esposa y los hijos por la fuerza y la violencia. Esta deformación de la virilidad masculina desordena el rol del varón en el matrimonio, porque se piensa que la virilidad es signo de músculos y golpes.

Ciertamente, él posee fuerza viril, pero no para violentar y someter a la mujer, sino para defenderla y protegerla de todo aquello que pueda hacerle daño. El marido debe cuidar a su mujer como a sí mismo. Señala Francisco: Los violentos son los que no tienen recursos afectivos y espirituales para cumplir su rol de marido y padre. Además, es signo de inferioridad porque necesita hacerse respetar por los gritos y los golpes; en el fondo, el "macho" se siente inferior e incapaz.

El abusador usa la fuerza física para mantener el poder y el control sobre la mujer, porque ha aprendido que la violencia es efectiva para obtener ese fin. El modelo violento está reforzado por la televisión, donde muchas películas promueven el uso de la fuerza para resolver los problemas.

Como los hijos imitan a los padres e incorporan los mensajes televisivos, se da con frecuencia que quienes en la niñez fueron testigos de abusos físicos entre sus padres, repiten la misma conducta cuando llegan al estado adulto. Aprendieron que los problemas y conflictos se afrontan con la fuerza bruta. Ese aprendizaje negativo se arraiga tanto que pasa de generación en generación.

El machismo introduce una gran injusticia en el hogar; mata el amor verdadero porque degrada a la mujer, que es rebajada a una cosa, es esclavizada, maltratada y obligada a numerosos sufrimientos. El sometimiento sexual pasa por pretender que la esposa esté siempre lista a satisfacer sus deseos sexuales, obligándola a la esterilización o a la anticoncepción artificial; y muchas veces va acompañada de vicios como el alcohol, la pornografía, la infidelidad y la despreocupación por los hijos.