No deja de ser llamativo que ante la crisis europea, protestas en todo el mundo por trabajo digno, del default griego, el renacer del mundo árabe, la campaña fuerte de Donald Trump en EEUU, la vuelta de Tinelli a la televisión, el posible retorno de Lanata con el periodismo de investigación, Latinoamérica y Argentina, todavía siguen envueltas en su propia telaraña de locura. Es que la locura Argentina es la de más de 10 años de inflación a la que parecería que ya casi estamos naturalizando. Y, de la cual, nos parece un cuesta arriba enorme, de poder superar definitivamente. La inflación es parte de la historia del pueblo argentino. ‘La mejora económica comenzará a verse como una luz en medio del túnel, pero que todavía tendremos que transcurrir por ese túnel”, había sido las frase reciente aparecida en varios medios de comunicación.

Oportunamente, ante estas palabras esperanzadoras, no me queda otra que la de reflexionar indefectiblemente sobre la realidad de nuestros presente actual, que también tiene historia. La pregunta disparadora sería: ¿Tendrá la fortaleza necesaria el pueblo en tantos años de hostigamiento? Antiguamente, luego de recuperar la democracia, la mayoría de los argentinos se conformaba con ir a votar. Ese voto era esa digna venganza ante tanto maltrato de la dictadura militar. Y, con varios años de democracia instalada, la gente pedía que la dirigencia hiciera ‘algo”, pero que lo hicieran, por el bien del pueblo. Luego de la crisis del 2001, muchos se conformaban con el ‘roban pero hacen”. Ahora, frente a tanta precariedad, de años, la corrupción ha generado un gran malestar social, y enorme daño al país. La gente todavía espera la luz a la salida del túnel, pero pronto pedirán resultados, que sino se perciben a la luz del día, el descontento será mucho mayor. Ahora, el vacío, desnuda la crisis profunda, la crisis mayor, la crisis de la gran desconfianza.

Es que actualmente la grieta sigue dividiendo a los argentinos. Hasta hace poco, era la grieta ideológica, la de revolver la década del 70. Ahora, resulta ser la grieta económica: la de un sector minoritario de la sociedad que espera la luz a la salida del túnel, y la de otro sector de la sociedad mayoritario, que todavía lucha por sobrevivir, dentro de la oscuridad del túnel. El sentimiento profundo opaca las ideas, cuando se pretende que las cosas funcionen a viento en popa, como si nada pasara. No obstante, una salida a la locura que divide a los argentinos es la de encontrar la mayor vocación del hombre, que consiste ‘en buscar lo que debe ser para ser un hombre”. Y, aquí podemos ver que la grieta actual, está más presente en muchos dirigentes que utilizan palabras fuertes, ante un pueblo cada vez más descuidado, que sólo se preocupa de cómo conseguir el pan, para mandar a su hijo a la escuela.

Precisamente, lo que no ayuda a los argentinos, a no construir esa vocación de humanidad, sino de locura, subyace en tres ejes históricos: Corrupción, pobreza y desocupación. Ellas, son tres columnas vertebrales todavía irresueltas, y que constituyen un gran desafío, para todo Gobierno. Con respecto a la primera resulta difícil encontrar el rumbo de vocación de un pueblo para crecer dignamente, si a los que robaron, no se les aplica justicia propia. ‘El manipulite argento”, constituye un camino para empezar a ver algo de verdad, ante tanto manoseo. El cansancio del pueblo se empieza a ver en el malhumor social, que se siente más. La mayoría empieza a perder la paciencia, y a pedir soluciones efectivas, en años de promesas o consuelos. Por lo tanto, la grieta, ya no preocupa a un sector considerable de la sociedad, que empieza a priorizar la necesidad de mantener el empleo. Y, a la luz, fuera del túnel, la empezaremos a percibir, si al estudiante, joven, le demostramos, que el que se aprovechó de los recursos de todos para su bien personal, realmente las paga.

Con respecto a la segunda, la pobreza es preocupante, y cuesta mucho, levantar políticas, luego de tantos años de desidia. Pero el mirar siempre para atrás, dura poco. Tan poco, que sino se combate desde acciones concretas, pequeñas, como el darle la oportunidad de vivienda, pan, abrigo y trabajo a la gente, la pobreza se va a seguir acentuando. Antes dolía el regalarle el pan a la gente, pero ahora duele, ver a un padre que no puede mandar al hijo a la escuela, porque no cuenta con trabajo. Es aquí, cuando urge de los políticos encontrar un programa ágil y eficaz, que le permitan encontrar esa vocación de hombre. Y, para ello, hace falta dignidad. Algo tan esencial, como natural, pero que todavía constituye, una deuda real de la democracia. Y, con respecto a la tercera y última, si no hay trabajo, no hay dignidad, no hay humanidad, ni futuro posible. El trabajo dignifica al hombre, la desocupación lo mata. Por lo tanto, deberíamos unir esfuerzos, para que a muchos, se les haga realidad, el poder divisar la luz del túnel.