Al recibir en audiencia a monseñor Bernardo Álvarez Afonso, obispo de San Cristóbal de la Laguna, en Tenerife (Islas Canarias), el Papa Francisco le anunció que el pasado 2 de abril sería proclamado santo un ilustre hijo de esas islas: el jesuita José de Anchieta (1534-1597), definido como el apóstol de Brasil. Anchieta fue agregado al listado de los santos junto a dos beatos nacidos en Francia y que han tenido un desempeño de suma importancia en la evangelización de Canadá: la mística misionera María de la Encarnación, llamada en el siglo Marie Guyart (1599-1672), y el obispo Francisco de Montmorency-Laval (1623-1708).
Los tres fueron beatificados el 22 de junio de 1980 por Juan Pablo II junto a otros dos venerables que vivieron en América, quienes entre tanto han sido ya canonizados con el procedimiento ordinario: Pedro de Betancour (1626-1667), y la joven virgen piel roja Catalina Tekakwitha (1656-1680), proclamados santos, respectivamente, por Juan Pablo II el 30 de julio de 2002 y por Benedicto XVI el 21 de octubre de 2012. ¿Todo normal? No.
El obispo de Tenerife reveló que los tres beatos fueron proclamados santos no con el procedimiento ordinario, que exige el reconocimiento canónico de un milagro atribuido a su intercesión, sino a través de un canal extraordinario históricamente definido como "canonización equivalente”. ¿En qué consiste este procedimiento especial, que ha estado presente siempre en la Iglesia y efectuado regularmente, aunque no en forma frecuente?
Para este tipo de canonización, según la doctrina de Benedicto XIV, se requieren tres elementos: la posesión antigua del culto, el testimonio constante y común de historiadores dignos de fe sobre las virtudes o sobre el martirio y la fama ininterrumpida de prodigios. Si se cumplen estas condiciones, el sumo pontífice, por su autoridad, puede proceder a la "canonización equivalente”, es decir, a extender a la Iglesia universal el rezo del oficio divino y la celebración de la Misa en honor del nuevo santo, sin ninguna sentencia formal definitiva, sin haber concluido algún proceso jurídico y sin haber cumplido las ceremonias habituales.
En efecto, el mismo papa Benedicto XIV canonizó a doce beatos de este modo antes de su pontificado (1740-1758). También hubo "canonizaciones equivalentes” posteriores a Benedicto XIV: Pedro Damián y Bonifacio mártir (canonizados en 1828); Cirilo y Metodio, de Salónica (1880); Cirilo de Alejandría, Cirilo de Jerusalén, Justino mártir y Agustín de Canterbury (1882); Juan Damasceno y Silvestre abad (1890); Beda el venerable (1899); Efrén el sirio (1920); Alberto Magno (1931); Margarita de Hungría (1943); Gregorio Barbarigo (1960); Juan de Ávila y Nicolas Tavelic y tres compañeros mártires (1970); Marcos de Krievci, Esteban Pongrácz y Melchor Grodziecki (1995). Como se puede advertir, Juan Pablo II, que también ha proclamado a solas más santos y beatos que todos sus predecesores, utilizó una sola vez el procedimiento de la "canonización equivalente”.
También Benedicto XVI lo utilizó una sola vez, con Hildegarda de Bingen, proclamada santa el 10 de mayo de 2012. Pero el Papa Francisco ya ha utilizado dos veces este procedimiento excepcional. El 9 de octubre de 2013 con Ángela de Foligno (1248-1309) y el posterior 17 de diciembre con el jesuita Pedro Fabro (1506-1546). Y la usó por tercera vez, proclamando tres nuevos santos, con el jesuita Anchieta, con la religiosa María Guyart y con el obispo Francisco de Montmorency-Laval. En la práctica, en un solo año de pontificado, el actual Papa ha recurrido a esta modalidad especial en una cantidad de casos inferior sólo a León XIII, quien la ha utilizado un poco más, aunque en un arco de veinte años, entre 1880 y 1899, y aplicándola a personalidades del primer milenio de la era cristiana, con la única excepción de Silvestre abad, quien vivió en el lejano siglo XIV.
En síntesis, si bien ama utilizar el título de simple obispo de Roma, el Papa Francisco ejercita en plenitud las prerrogativas que le pertenecen en calidad de sumo pontífice de la Iglesia universal, también en la política de las canonizaciones. En este campo, entonces, resulta clamorosa también la decisión tomada por el papa Francisco de proceder a la canonización de Juan XXIII, celebrada el 27 de abril pasado con el procedimiento ordinario, pero sin que haya sido canónicamente comprobado un milagro atribuido a su intercesión y que haya acontecido luego de su beatificación. Se trató de una derogación particularmente asombrosa. El Papa consideró que no era necesario el milagro y bastaba la perseverante fama de santidad que rodea su figura.
Es un acto de justicia para los católicos que nos sentimos escandalizados que algunos hombres, en ciertos puntos cuestionables, hayan sido proclamados santos o beatos últimamente basándose en el poder mundano de ciertas instituciones para influenciar en esta actividad de la Iglesia. Sobre este punto trataremos nuestro próximo artículo. Es un acto de justicia que el Papa Francisco haya decidido proclamar beato a Pablo VI, al concluir el Sínodo sobre la familia. No es justo que las causas de verdaderos santos estén arrinconadas en procesos burocráticos.
