"Muchos se han preguntado si los ciegos ven las cosas en sus sueños. …posiblemente los colores de ese universo sean más intensos que los nuestros, porque la sombra inspira la luz…”.

¿Los ciegos ven las cosas en sus sueños? Seguramente sí. Esa formidable posibilidad de descubrir y palpar el mundo no sólo es atributo exclusivo de los ojos. He escuchado a cieguitos hablar de lo que para ellos es invisible, con la misma propiedad que los que podemos ver. El mundo existe más allá del sentido de la vista.

Como muchos sanjuaninos, conocí a Carlitos Altamirano, un no vidente y personaje de nuestra ciudad, uno de esos seres que, rodeado de sombras, predicaban de luces que posiblemente nosotros no alcanzamos. El alma escrutadora se agiganta cuando el tránsito por la vida debe hacerse por un desfiladero de noches y ausencias; la vida dura y peliaguda templa el espíritu de los seres humanos nobles, como fue Carlitos, para encontrar fogatas en territorios que quienes disfrutamos de la vista no poseemos.

No recuerdo bien cuándo lo conocí; posiblemente fue por algo relacionado con la música, porque nuestro hombre fue un enamorado del folklore, sobre todo el de este Cuyo que nos acuna y honra. Condujo la Sociedad de No Videntes de esta provincia, con todas las de la ley, papeles, actas y todo el formalismo, sin asistentes ni nada que encaminaran estos rituales de la vida cotidiana, con el sólo instinto de los que vivencian las cosas más allá de su imagen. Muchos se han preguntado si los ciegos ven las cosas en sus sueños. Quien transita el mundo no puede ignorarlo, aunque no caiga en su retina, y posiblemente los colores de ese universo sean más intensos que los nuestros, porque la sombra inspira la luz, ejerce a pleno la libertad de la fantasía. Es posible que la primavera sea verde y los labios carmín.

Ahí andaba Carlitos con su mundo de formas para nosotros impenetrables, en una Ciudad cordial y dura, urgente y demorada, moderna y a veces ajada por un pasado de ruinas que parece no podemos superar. Carlitos la recorría bajo sus anteojos de bruma, como triste, enancado en sueños a los que nadie podía acceder, ilusión de colores y figuras a su modo. Una manita morena portando un abanico de ballenitas saludaba al sol y en la otra su bastoncito gastado conducía el corcel de las calles con esa nubecita erguida, deshilachada de tanto agitar dignidades, ganándose la vida adversa al tranquito breve, cosechando en el sonido seco de las baldosas tembleques que a lo mejor veía celestes, ese cielo que estoy seguro tenía mucho más cerca que nosotros.

 

Por el Dr. Raúl De La Torre
Abogado, escritor, compositor, intérprete