Las 400.000 personas que desafiaron el miércoles último una lluvia torrencial en la Ciudad de Buenos Aires y las que sumaron el millón de almas en las marchas de las principales ciudades del país para rendir homenaje al desaparecido fiscal Alberto Nisman, a un mes de su inexplicable muerte, dejaron un mensaje sin palabras pero de hondo contenido, en reclamo de la salud republicana observada en franco deterioro.

Esta vez en la Plaza de Mayo no hubo discursos demagógicos, estandartes, ni identificaciones sectoriales, mucho menos todavía la conocida logística para concentrar a militantes y mucho más lejos de los festejos desbordados por barrabravas en ese lugar histórico. Más bien la multitud con paraguas y silenciosa frente al Cabildo ofrecía una imagen que nos retrotraía a los principios de la argentinidad. Ahora, como entonces, el pueblo congregado y en silencio, aguarda respuestas esclarecedoras.

En estos casos el silencio dice más que las voces enardecidas del oportunismo interesado. Los fiscales nunca hubieran salido, y menos convocando a una manifestación de tal magnitud, si no se hubieran sentido desprotegidos, agraviados y avasallados en un Estado de derecho. Fue un desafío político que se plantearon a modo de queja al Gobierno nacional, por su manejo discrecional del poder, la intromisión en la Justicia, y a la dirigencia de la oposición enquistada en sus egoísmos acomodaticios. Unos y otros dando la espalda a la ciudadanía no comprometida.

Si bien la misteriosa muerte de Nisman y la cita en demanda de respuestas cada vez más controvertidas o confusas fue un punto de inflexión frente a un hecho conmocionante, no cabe dudas que los fiscales accionaron el disparador que miles de personas esperaban para ganar la calle y manifestarse en silencio sin más identificación que la bandera celeste y blanca.

En esta década la sociedad viene marcando un proceso de deterioro y desvíos cuestionables. Lo hizo el 1 de abril de 2004 por la muerte de Axel Blumberg: 150.000 personas frente a la inseguridad que empezaba a calar hondo. El 15 de julio de 2008 unas 200.000 acompañaron a la protesta del campo por las retenciones móviles; el 8 de noviembre 100.000 manifestantes reclamaron por el Impuesto a las Ganancias y por la inseguridad, y el 18 de abril de 2013 todo el país se manifestó por el menoscabo a la división de poderes y la vigencia de las instituciones republicanas y democráticas.

Ahora el silencio plantea mucho más. Y espera respuestas.