En Navidad la cristiandad celebró un nuevo aniversario del nacimiento de Jesús de Nazaret. Dios se hizo hombre y comenzó a transitar entre los hombres mostrando el camino. Para otros, más distantes de la fe, la Navidad es una tradición festiva. No obstante, lo que sucede en el Pesebre tiene un halo de misterio que nos une a todos, más allá de nuestras creencias. Y eso ya es motivo suficiente para celebrar. Sin embargo, algo inédito se produce en esta festividad. Todos estamos invitados a la fiesta de la natividad, pero los regalos proceden de quien es protagonista del célebre cumpleaños.

El pesebre como lección de vida

El Pesebre es ya el primer regalo que nos brinda la Navidad. Efectivamente, Dios no eligió un fastuoso palacio como morada de su Hijo. La escasez de aquel establo nos recuerda el valor de vivir una vida con espíritu de humildad, alejados de la vanidad y de lujos superfluos. Humildad entendida como virtud no como mera carencia de bienes materiales. Humildad que nos permite la moderación necesaria para poner un freno al deseo de grandeza y superioridad. En realidad "toda la vida de Cristo sobre la tierra, revestido de humildad, fue una lección para nuestra vida" (San Agustín "Acerca de la verdadera religión") En ese sentido, el Pesebre es una lección de vida.

El Pesebre guarda otras enseñanzas: la vida se cuida. Como lo hizo José, llevando primero a María embarazada a un lugar seguro para el nacimiento de Jesús, y trasladando luego a su familia a Egipto, huyendo del cruel Herodes. La figura de José nos pone ante la misión de ser guardianes de la vida. A la manera que un pastor cuida su rebaño, todo hombre, toda mujer, está llamado a ser pastor de su propia vida y de la vida de los demás. No hay mayor perfección para el viviente humano que el vivir. Por eso es bueno que festejemos la vida y demos al Pesebre el lugar central en la celebración.

 La esperanza en el corazón del Pesebre 

Navidad también es tiempo de esperanza en cuanto celebramos un nacimiento, el de Jesús de Nazaret. Todo nacimiento como acto de emerger un nuevo ser, es en sí un principio. En ese sentido, el Pesebre bien puede ser considerado el lugar donde algo comienza. Las raíces latinas de la palabra nacimiento dan cuenta de ello. Ciertamente, la palabra nacimiento deriva del latín nasci que significa "nacer", que a la vez deriva de Nativitas, traducida como "navidad", referido específicamente al nacimiento de Jesús. 

He aquí la tercera enseñanza del Pesebre: todo comienzo lleva el germen de la esperanza. No se inicia algo desde el pesimismo ni mirando por el espejo retrovisor. Comenzar algo, inevitablemente, nos lanza hacia adelante. La esperanza, bien podría ser como el arquero que arroja la flecha hacia la meta buscada. Sólo que este arquero está convencido que la meta es alcanzable.

Lo que acontece en el Pesebre nos deja una lección de vida: es momento de comenzar de nuevo. Tiempo de reiniciar aquellos proyectos que abandonamos cuando la desesperanza nos ahogaba. De forjarnos nuevas metas. Es tiempo de creer en los grandes ideales y empresas temerarias por su audacia. De enterrar el hombre viejo que aflora cuando la mediocridad nos gana, para revestirnos de ese hombre nuevo que no escatima esfuerzo en su lucha por ser cada vez más "humano", ser humano. 

El Príncipe de la Paz

Es uno de los cinco nombres que se le dan a Jesús: "Porque un niño nos ha nacido, un hijo nos es dado, y se llamará su nombre: Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz." (Is. 9:6) La paz es un valor que emerge de aquel Pesebre y marcará toda la vida y la Palabra de Jesús. Es el mismo Isaías quien revela que el cometido de Jesús será inaugurar la paz: "Haré que la paz te gobierne, y que la justicia te rija" (Is. 60, 17) Tan unidas están ambas que el salmista llegó a decir que la justicia y la paz se besaron (Ps 84,11) La justicia camina con la paz y está en relación dinámica. con ella. Como nos decía San Juan Pablo II: "Cuando una se ve amenazada, ambas vacilan; cuando se ofende la justicia se pone en peligro la paz" (Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, 1998)

Desde aquel humilde Pesebre nos llega una lección de vida: debemos trabajar por la justicia, pues "sin ella, la paz no es más que una corta tregua"

 

 

Por Miryan Andújar
Abogada, docente e investigadora
Instituto de Bioética de la UCCuyo