El drama de la inmigración que golpea a Europa y en particular a Italia, España Y Grecia, no ha sensibilizado a la sociedad a pesar de las tragedias y el clamor de quienes buscan refugio tras huir de guerras, crisis políticas y hambrunas en sus lugares de origen.
La muerte de 368 inmigrantes que naufragaron frente a la isla italiana de Lampedusa, el 3 de octubre de 2013, parecía que había sacudido la conciencia de la Unión Europea para acoger a familias enteras que después de sobrevivir a la travesía esperaban iniciar una vida digna. Sin embargo, desde entonces más de 3.000 personas han muerto en intentos similares. El impacto de Lampedusa conmovió al papa Francisco, quien hizo su primera salida del Vaticano, el año pasado, para tomar contacto con el dolor de los sobrevivientes y exhortar a la comunidad internacional y particularmente a los gobiernos europeos a darles una solución definitiva.
Hasta ahora, solo Italia se ha ocupado de la operación de patrullar y socorrer a los inmigrantes en el canal de Sicilia, que lo separa del norte de África, con un presupuesto mensual de 9 millones de euros, un costo que empieza a ser insostenible para un país en crisis económica y ha solicitado ayuda al bloque europeo. Pero, luego de insistentes pedidos, el lanzamiento de un proyecto para reforzar la vigilancia en el Mediterráneo, el Frontex Plus, depende de los aportes voluntarios de los miembros y sólo se ha comprometido España, por lo que se duda de la efectividad.
La agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), ha revelado que son más de 3.000 los inmigrantes que han muerto desde el año pasado en el Mediterráneo. La aventura de buscar protección en Europa, como única vía de salvación, lo consiguieron unas 140.000 personas.
El papa Bergoglio recibió el miércoles último en el Vaticano a sobrevivientes del naufragio de Lampedusa, que llegaron para agradecerle su apoyo. Francisco instó a los hombres y mujeres de Europa a que abran las puertas del corazón a los inmigrantes y aseguró no tener palabras para expresar lo que sentía ante la crisis del Mediterráneo. Es que observó que si huir ya es por si dramático, cuando se cree que se ha llegado a un puerto seguro, se producen situaciones más duras, porque encuentran puertas cerradas, no se sabe adónde ir porque la solidaridad no existe.
