Para intentar comprender cualquier suceso histórico es necesario ubicarlo en el tiempo de los hechos, del Virreinato del Río de la Plata y de España en la Europa de entonces en el caso descripto. No existía un país argentino ni el concepto que hoy se tiene de nación, y cuánto menos de una república. Común era la desinteligencia gubernativa tras una defensa solapada o expuesta de un conjunto de intereses de facción y de ideas.
Entre 1808 y 1815 en España no existió Rey alguno, y sí una enorme figura abarcativa de hombres y circunstancias llamada Napoleón. Los hombres protagonistas de la escena son poder y actitud, y de pronto nada. Los imperios se desvanecen, al tiempo que los sometidos son iluminados por cerebros pensantes con brazos fuertes y libres.
A fines de junio de 1811 y luego de casi dos meses de pampa y cielo, llegan confinados a San Juan quienes serán, por derecho adquirido, próceres de la historia argentina. Ellos son Nicolás Rodríguez Peña, Juan Hipólito Vieytes y Juan Larrea.
El coronel Nicolás Rodríguez Peña fue un patriota cabal y resuelto sin dobleces. Tuvo ascensos ponderables y caídas de vértigo. Hombre de buena posición económica, fue el socio comercial de Vieytes. Reemplazó a Mariano Moreno en la Primera Junta y, luego de la asonada de abril de 1811, comenzó su peregrinar dispuesto por la Asamblea primero, la Junta Grande después, concluyendo con los breves directorios supremos de Alvear y Pueyrredón. Llegó a San Juan a fines de junio, de paso para su destierro en Guandacol, La Rioja, en donde estuvo hasta el 19 de septiembre, cuando solicitó que le concedan hospedar en esta capital. Retornó a Buenos Aires en diciembre, para ser parte del Primer Triunvirato hasta el golpe de octubre de 1812. Nuevo exilio en San Juan durante dos meses en 1815, cuando cae Alvear. Se retiró en marzo de 1816, pero ahora se arrimó a San Martín, con agasajo por parte de este, que preparaba su ejército en El Plumerillo, y lo acompañó en el Cruce de los Andes con destacable trabajo militar en Chacabuco y Maipú. Escarmentado, y ya con su esposa y cuatro hijos, se autoexilia en Santiago de Chile para siempre. Allí muere en 1853 con 78 años. No hay forma de saber dónde habitó en esta provincia, pero es de suponer que lo hizo en una casa de familia. Lo cierto es que aquí no se encontró nunca con Saavedra.
Juan Hipólito Vieytes era un morenista "chispero” desde los albores de Mayo. Nació en San Antonio de Areco en 1762 y murió, confinado en San Fernando el 5 de octubre de 1815 con 53 años. Era casado con Josefa Torres y tuvieron dos hijos: Carlota y José Benjamín. Llegó a San Juan ese junio luego del largo y terrible andar por la extensa llanura solitaria y tenebrosa. La consigna era que residiera en Jáchal, con especial prisa y cuidados, pero el 1º de agosto pide y se le concede residir en San Juan Capital, en donde estará hasta ese fin de año. En abril de 1812 integra la amorfa Asamblea del año XII en Buenos Aires, representando a Mendoza. Se desconoce su tumba real.
Juan Larrea Espeso era el único que venía asignado a pasar su confinamiento en San Juan capital, con un ligero control. Nació en 1782 en Mataró de Barcelona, y junto con Domingo Matheu fueron los dos únicos españoles integrantes de la Primera Junta. En San Juan gobernaba una Junta subalterna que respondía a la Junta Grande, de corta acción federativa. Todo era indecisión, fugacidad, intriga y caos. El tipo de gobierno, con Cabildo y autoridades españolas puestas a dedo, seguía perdurando. El cabildo local se anuló recién en 1824, con matices y reparos. Larrea era un hombre de negocios, intercambio, contrabando, mediación y elegante posición. Retornó a Buenos Aires a fin de ese año para dedicarse a la política menuda y los negocios del puerto, empobreciéndose. Durante el mandato de Rosas se radica en Burdeos de Francia con una informal representación de una inexistente nación. Se suicida el 20 de junio de 1847 a los 65 años. Era el último prócer de Mayo.
Es curioso el caso de otros confinados. En Mendoza coinciden los morenistas Miguel de Azcuénaga, cuya casa quinta es hoy la residencia presidencial de Olivos, y Antonio Luis Beruti. Este activísimo prócer, que tiene particular relieve en la luchas por la independencia, se casó en Mendoza a mediados de 1817 y se afinca definitivamente en 1820 por decisión personal, y aquí muere en noviembre de 1841 a los 69 años, dolido por el desastre de Rodeo del Medio, última batalla del interior unitario levantado contra Rosas.
