Desde épocas remotas el hombre ha mirado el cielo, con curiosidad infinita. Galileo, en 1610, con un aparato semejante a los prismáticos creados en Holanda, usando la refracción de la luz a través de lentes, observó objetos celestes aumentados en seis veces. En 1668, Newton creó el primer telescopio reflector a través de espejos, consiguiendo mejores imágenes. Con el paso del tiempo, se diseñaron telescopios con múltiples espejos, de grandes diámetros y potencia.

Se llaman telescopios ópticos, pues reciben luz visible de estrellas y galaxias, tal como lo hacen nuestros ojos, pero tienen la capacidad de magnificarla. La luz que se ve, es la que tenían hace miles de millones de años, pues ese es el tiempo que su luz tarda en llegar a la Tierra. El Sol, por ejemplo, está a 150 millones de km de la Tierra, y como la luz viaja a 300.000 km/s, lo que se observa es la luz que tuvo 8 minutos y medio atrás.

 

 

Los objetos celestes, también emiten radiaciones electromagnéticas que nuestros ojos no pueden ver. Las ondas de radio son captadas por los radiotelescopios, que se instalan a gran altura, en zonas secas para minimizar la interferencia atmosférica. Los rayos infrarrojos y ultravioletas, son absorbidos casi totalmente por el vapor de agua atmosférico, por lo que se los capta mejor con telescopios ubicados en el espacio. Los telescopios espaciales, son satélites artificiales o sondas espaciales que, con distintos detectores, captan todas las radiaciones electromagnéticas emitidas por el Cosmos, incluso las de alta energía como rayos X y Gamma, imposibles de captar desde la Tierra. Su vida útil es limitada y el costo de lanzamiento muy alto, pero han permitido un mayor conocimiento del Universo.

En 1990, mediante el transbordador espacial Discovery, se puso en órbita, a 593 km sobre el nivel del mar, el telescopio espacial Hubble y por primera vez, el Universo pudo verse más allá de la atmósfera terrestre. Lleva 26 años orbitando nuestro planeta.

Desde 1996 la NASA comenzó la planificación de un nuevo telescopio espacial, el James Webb en homenaje a quien fuera director de la Agencia Espacial de EEUU, durante la preparación del viaje a la Luna. Está previsto lanzarlo a fines de 2018 desde la base europea de la Guayana Francesa, mediante un cohete Ariane 5 y después de un mes de viaje, ubicarlo a 1,5 millones de km de la Tierra en una posición donde la gravedad de nuestro planeta y el Sol, se contrarrestan, por lo que permanecerá estacionario. Pesa la mitad del Hubble y su espejo de 18 segmentos, una vez desplegados, tendrá un diámetro similar a una cancha de tenis. En su posición, el Sol nunca tapará la Tierra. Observará en el rango infrarrojo y con una potencia 100 veces mayor al Hubble, podrá ver galaxias y estrellas en formación, tras el Big Bang. No lo visitarán astronautas. Las correcciones se harán desde la Tierra y su vida útil se estima entre 5 a 10 años. Se espera que comience a funcionar en 2019 para seguir develando misterios del Universo. 

 

María Antonia Sansó Santos,  Licenciada en Bioquímica.