Comparado con el resto del año, el verano imprime cierta ligereza en los hábitos y costumbres, especialmente en las generaciones más jóvenes. Se modifica todo, desde la forma de vestir hasta la forma de expresarse, se desconocen algunos compromisos formulados en forma personal y todo intenta hacer parecer que la vida es más fácil en esa temporada. Incluso algunos cuentos escritos en verano abordan una temática más frágil.
Este cambio de hábitos trae problemas porque se da primero en el área de la alimentación pero se extiende hasta el sedentarismo y -también- incorpora diversos factores sociales y psicológicos. Mucha gente no tiene en cuenta que la comida rápida -llamada Fast food- es rica en grasas y harinas y que junto al sedentarismo le cambian la vida a una persona.
Otros rasgos de la estación. Pero tan preocupante como eso -o más- es la característica que imprime el verano a la conducta juvenil que, por lo que se ve en playas y lugares nocturnos, desconoce los códigos familiares y los sociales-tradicionales.
Hay también un apoyo visible a estas ligerezas alimentado por cierto tipo de publicidades. Y, para colmo de males, no se advierte sobre los perjuicios del hábito de fumar y sobre la droga ¿qué pasa en nuestro país, el narcotráfico se mueve libremente?. Esa es la impresión que tiene mucha gente.
Aclaremos que el narcotráfico dirige el tráfico mundial de drogas que consiste en el cultivo, manufactura, distribución y venta de drogas ilegales.
Lo que se padece. Algunos lugares de veraneo se ven castigados por la conducta irrefrenable de los jóvenes que consumen drogas y que -según parece- no han sido cuidados por los padres ni alertados por las instituciones de los lugares en los que acampan.
Es decir, que lo que impera surge fácilmente de una indisciplina social, lo cual complica a quienes participan de ciertas actividades en las que se advierten rápidamente los errores de los jóvenes que -en verano- se creen con derecho a hacer lo que se les ocurra.
Lejos de aquí, preocupa una nueva adicción. Las autoridades chinas están preocupadísimas porque 1 de cada 7 jóvenes internautas es adicto a Internet, el doble de lo que se registró en 2005. Esos adictos llegaron a 24 millones en 2009, según el último estudio de la Asociación de la Juventud China para el Desarrollo de la Red. El gigante asiático alberga la mayor población cibernética del mundo, con 384 millones de usuarios y un crecimiento a ritmos anuales de un 30 por ciento.
En la actualidad, en China existen 300 organizaciones que se dedican a curar este tipo de adicción y hasta hace poco una de las formas de tratamiento se basaba en el uso de electrochoques. Sin embargo esta práctica se prohibió hace poco después de que saliera a la luz que dos jóvenes murieron en esos centros tras recibir sendas palizas.
Los hábitos estivales ganan fácilmente la voluntad de los jóvenes, más la ganan hasta anular la voluntad que es la facultad de decidir y ordenar su propia conducta, algo que no es aceptable para la persona ni para su comunidad.
Al hacer estas objeciones no se piensa en una sociedad ideal sino en una sociedad vivible en la que cada uno lleve adelante sus planes sin deteriorar la coherencia del conjunto.
La información diaria nos habla de una doble desestabilización global: la que ocurre con los fenómenos climáticos inusuales y la que se desarrolla, a veces inadvertidamente en sus primeras épocas, a través de los cambios de costumbres y hábitos humanos ¿Pero una sociedad vivible puede ser estable en el tiempo? Puede si el orden social no se extingue y si la creatividad del hombre no se detiene.
La cultura humanística juega un papel preponderante en ese ideal que no es tan lejano si el hombre piensa como miembro de una sociedad y no para sí solo. Ya se sabe que el individualismo o esa tendencia a pensar y obrar sin sujetarse a las normas generales, puede hacer naufragar cualquier propósito colectivo sobre todo si una persona así tiene a su cargo funciones públicas importantes.
Las comunidades necesitan permanecer lo más estables posible en tanto se las mejora con el aporte voluntario de todos, un aporte que tiene su belleza propia puesto que va desde el trabajo cotidiano hasta los sueños comunes.
Hay mucho que hablar con los jóvenes que desesperanzados por lo que ven y oyen, no creen en nada ni en nadie. Hay que hacerles ver la bondad que sostiene lo que parece lo más habitual de la vida cotidiana. Hay que integrarlos a través de una sinceridad sin igual. Ellos lo comprenderán porque buscan desesperadamente en qué creer.
Todos los días a toda hora hay que detenerse en lo mejor del hombre y de la sociedad. Y, si esta visión está lejos de quienes mandan, no importa ellos pasarán como otros a quienes el país no recuerda o mal recuerda.
