Hablar de Malvinas -sobre todo dentro del mismo lapso en que ocurrió la guerra hace treinta años (2 de abril al 24 de junio) es acentuar noción general, volviéndola conciencia formativa y valorativa de lo que nos significó como argentinos esa absurda "aventura”, con irracional pérdida de vidas entre nuestros efectivos, "arrojados”, como obligados protagonistas, al peor enfrentamiento bélico -por sus características- de que se tenga conocimiento en la historia del militarismo argentino.
Luego de aquel caos suicida de dos meses y medio, producida la rendición argentina, humanamente se entró en el período y tiempo de posguerra, sin apreciarse en sus comienzos el efecto desastroso que como secuela empezaría a producirse en el ánimo de aquellos soldados desgarrados en sus entrañas, "grupo” sobrevivido que a partir del cese de hostilidades entraba en el honroso y excluyente círculo de veteranos de guerra.
Carecemos de la cantidad exacta -tal vez no la haya-, pero podemos deducir, a través del llegar de las noticias, que en el posconflicto, en el tiempo de sus más punzantes alcances regresivos, fueron varios los soldados que acabaron muriendo bajo los efectos de una incontrolable depresión, inmensa pena de vida al sentirse abandonados en el mundo, desorientados, negados y aplastados por el peso consciente de creerse nada. Otros, atrapados en una desesperación que no tuvo retorno, arribaron al desenlace fatal de buscar su propia muerte.
El compañerismo de batalla produjo una consustanciación de hecho entre ellos, creándose fortísimos vínculos de entrelace humano, vigentes en base a su origen de asombro, penuria y horror que los unió para siempre, al volver tuvieron que empezar a luchar en lo que fue un doloroso reintegro a su vida natural, en medio de la familia y de la sociedad.
Ser veteranos de guerra es ostentar una ubicación perfilada como merecedora del distingo honroso que debe venir de la sociedad a la que pertenecen; es la materialización cierta de quien, entre la atrocidad del conflicto, estuvo entregado en cuerpo -pero no en alma- al azar de un destino que no eligió, que le fue impuesto, y que lo marcó con impiedad de verdugo.
Aquellos que, todavía con edad y espíritu de niños, fueron llevados -empujados- a la guerra, ¡maldita guerra!, son ahora hombres que alguna vez retornaron de aquel "juego infernal”. Ha pasado tiempo, hay sienes que atestiguan el paso de los años, hay manchas nebulosas en el corazón de cada uno, envolviendo huellas indelebles, cicatrices profundas producidas por la estupidez humana; no obstante, son hombres que transitan sus espacios de vida con dignidad de héroes, con un nuevo afianzamiento de su personalidad, traducido en un constante empeño de revaloración propia. Son seres de carne y hueso, tal cual nosotros, pero con la enorme diferencia de haber padecido descarnadamente aquella crueldad de Malvinas, que dio a sus vidas un giro amargo por el descarrilamiento antinatural al que fueron sometidos.
Vidas unidas en combate, tratados con dureza no espartana, sino inhumana, por los propios, nuestros soldados de Malvinas -aquellos que los hicieron regresar "escondidos”, por una vergüenza ajena-, ya con sus años maduros en tiempo, viven en una sociedad que les debe más que mucho: Son acreedores a la mayor valoración humana, aprecio que da a quien lo merece el lugar que lo distingue del común, ese sitio personal no sustituible por nada ni por nadie.
La Patria, madre callada pero latente, después de ese "todo” abominable, los volvió a recibir en la intimidad de su regazo celeste y blanco, y les ofreció su sol fulgente, como calor de vida y luz de agradecimiento, dejándolos, ¡gloriosos veteranos!, ser los dueños del silencio, ese que se atesora en la intimidad del alma, el que puede ofrecerse como pura muestra callada de esa razón que exalta el heroísmo en los hombres.
