La muerte de Michael Jackson fue sorpresiva y me despertó, como a muchos, tristeza. Pero también me movió y reflotó dos sentimientos opuestos que tuve hacia su persona: Amor y odio.

Amor por su música, su baile y su talento; y odio por su extravagancia, acusaciones sobre abuso de menores y sus declaraciones sobre que dormía con chicos en Neverland.

Y otra impresión de extrañeza también, interna, sobre cómo puedo vivir tranquilo y armoniosamente entre sentimientos duales hacia una persona, de aversión y admiración.

Su fatalidad lo pondrá Michael Jackson como Rey del Pop a la misma altura que a John Lennon, que al Rey del Rock y al del Zorzal Criollo, cuatro muertes trágicas que convirtieron a sus figuras en los íconos más grandes de la música popular. Los cuatro fueron innovadores, controversiales para sus épocas, talentosos, vendedores de su imagen y aptitudes, y murieron en el apogeo de una fama titilante y rutilante.

Pero la vida de Michael Jackson fue extraordinariamente la más famosa y controversial de todas a pesar de que fue ermitaño y trató de esconderse de la prensa. Sus manías, sus mansiones, sus cirugías, sus enfermedades, sus tapa bocas, sus procesos judiciales, sus finanzas, sus padres, sus hermanos, sus hijos, sus esposas, siempre salieron a la luz y estuvieron rodeadas de un halo de misterio, rumores y especulaciones. Nada nunca fue claro en su caso y todo permutó como su piel. Esa arista de su personalidad fue repulsada por muchos, tolerada a regañadientes por otros y excusada por la mayoría de sus fanáticos.

Pero su otro yo, su otra personalidad fue admirada por todos, especialmente por los que tuvimos la dicha de ser sus contemporáneos y disfrutar de su talento, de su ritmo, de su voz, de sus bailes, de su amor pregonado por los niños, por su solidaridad por Africa, el continente que nunca olvidó, o por ser espejo para muchos artistas.

Sin dudas existieron dos Michael Jackson. Así como una dualidad de sentimientos totalmente comprensibles, en las que los humanos podemos vivir y apreciar a una sola persona desde dos ópticas diametralmente opuestas y tener la tranquilidad de que ambas visiones no están reñidas con nuestra ética y moral. Estamos tranquilos con el bien y el mal. Así, bien tranquilos, podemos repulsar, desaprobar u odiar y, al mismo tiempo, amar confiadamente a esa misma persona.

Es un sentimiento muy normal, especialmente para quienes amamos el fútbol y cuando tenemos en frente a Diego Maradona. Podemos achacarle, reprocharle y odiarle por su vida disipada, sus drogas, su doping, sus declaraciones molestas, su amor por Fidel Castro; pero al mismo tiempo todavía sentir el hipnotismo de sus gambetas y piruetas, y estar motivados por imágenes recurrentes en algún rincón del cerebro que reaparecen cuando los resultados actuales no aparecen.

Me quedaré con uno de los dos Michael Jackson. Rechazo al personal, pero admiro y quiero al artista.

(*) Periodista. Especialista en libertad de prensa y ética periodística.