Venía con la jovencita un nene de unos cinco años. Golpeó las manos y cuando salí me pidió que la ayudáramos con alguna ropa. Con su semblante de pura inocencia, el nene agregó: ‘…y unas galletitas”. El alma suele partirse cuando algunos gestos la tocan en vilo. Es lo que sentí cuando la criatura agradeció mi regalito con una cascada en sonrisa.
Esto es parte vertebral de nuestro país. La Iglesia publicó a fines del año pasado un estudio que arrojaba que tenemos una pobreza del treinta por ciento y una indigencia de más del seis. Todo esto puede parecer para el desprevenido una anécdota habitual de todo país del denominado tercer mundo; pero cuando recordamos que a principios del siglo veinte éramos el séptimo país del planeta en importancia económica, la desazón que nos invade es muy grande. Desde entonces, la caída ha sido alarmante para éste, uno de los países más ricos de la tierra. ¿Qué nos ocurrió? ¿Qué respuesta nos deben quienes mayoritariamente condujeron desde entonces los destinos del país? Ya no es válido ni creíble echarle la culpa a siniestros intereses foráneos o conjuras extravagantes. Hay que asumir la cruda realidad y disponer de todo lo posible para revertir el triste cuadro que debe avergonzarnos.
No ha habido salvadores de la patria ni providenciales héroes. Tampoco era necesaria esa categoría para defender posiciones políticas. Hoy ya no sirve el uso desmedido de estos eslóganes; nos basta con gobernantes básicamente serios y comprometidos con el futuro, porque el pasado es inmodificable y de nada sirve sentarse a llorar junto a la leche derramada. Pero corresponde no olvidar por qué estamos así y no seguir rogando, en una desgastada mesa de Año Nuevo, que el año que viene sea mejor. Todo debe determinarnos a que lo sea. No es mi intención permitirme algún consejo, pero si sugerir que los diseños populistas, aquellas políticas basadas en el pensamiento casi providencial de un caudillo, que priorizan la concesión de beneficios sociales circunstanciales que pueden servir como instrumentos electorales y construcción de poder, no han logrado soluciones de fondo, todo sigue igual, con el agravante de que con el transcurso de los años la frustración se adueña de nuestra esperanza y nos domestica para el conformismo. Vale afirmar que los populismos no han derrotado la pobreza en ningún lugar del mundo. Argentina se encuentra hoy en el octavo lugar de Latinoamérica, en el ranking de los países con más pobreza. El dato es demoledor y lapidario. Los países que prácticamente han erradicado la pobreza nada tienen que ver con el populismo y más bien con democracias sociales y los social cristianismos,
Mientras tanto, un niño vestido pobremente y con zapatillitas destrozadas está parado en la puerta y nos pide galletitas.