Hay muchas formas de desiertos, y no todos son paisajes bioclimáticos o biomas. Están los desiertos de la pobreza, de las injusticias, de las desigualdades, de la falta de solidaridad del presente para con el futuro. Estos desiertos a los que llamaremos "exteriores" siguiendo a Benedicto XVI, se han multiplicado en el mundo porque se han multiplicado los desiertos interiores (Homilía de Benedicto XVI en la Misa de inicio del Pontificado, 24 de abril de 2005). No necesitamos ir a África para saber lo que es un desierto. El Sahara puede estar dentro nuestro. Los desiertos de la soledad, de la oscuridad de una vida que no encuentra su sentido, o de la perplejidad de las almas que dan la espalda al llamado de la conciencia.

PROCESO DE DETERIORO

Lo cierto es que el desierto no siempre es un lugar, y sí lo fuese, sería una morada etérea, más cercana al adjetivo que al sustantivo. Pero hay algo en común entre el bioma y nuestros desiertos interiores. Ambos son resultado de distintos procesos de erosión que desgastan y corroen. Es un proceso de deterioro lento y sostenido. Pensándolo bien, más que hablar de desiertos, podríamos hablar de procesos de desertificación. La Puna de Atacama, no llegó a desierto en forma instantánea. Fue un proceso, también en el caso de nuestros desiertos interiores. Solo que aquí no habrá vientos ni lluvias que desgasten la corteza terrestre, pero sí factores humanos que erosionen el alma con la misma intensidad que aquellos.

 LA APATÍA QUE CORROE

La desertificación es un proceso de degradación ecológica. En ese sentido, también hay actitudes que degradan y van volviendo inhóspita el alma como hábitat natural de las virtudes humanas. Una de esas actitudes es la apatía. Del latín apathia, implica inmutabilidad del ánimo. La apatía es la antesala de la indolencia y de la falta de motivación por las cosas. Ese estado de desinterés propio de la apatía hace que no le afecta el dolor del otro, porque el dolor ajeno no lo conmueve. El otro, sobre todo el "doliente" no es mi prójimo. Es una persona lejana y extraña a mi centro de interés. Esta indolencia obstruye cualquier gesto de solidaridad. Y ello no es solo con los otros que están en el aquí y en el ahora, sino lo que es más grave aún, la falta de solidaridad alcanza a las generaciones venideras. Si no me duele el otro que está en la cercanía de mi tiempo, ¿cómo habrá de dolerme el incierto mañana de los que vendrán?

EL OJO MIOPE

Desde la apatía se entiende la mirada cortoplacista de la ética. Nos preocupamos por las consecuencias de nuestros actos en la inmediatez y cercanía del mismo. La ética se convierte así en una especie de ojo miope que sufre mala visión de lejos. Mientras más lejano y distante de mi presente esté el futuro de las generaciones venideras, más miope es el ojo de la ética. Ello nos plantea la necesidad de formular una nueva ética orientada hacia el futuro. Una especie de lentes divergentes para curar la miopía moral a las que nos lleva la apatía y falta de solidaridad. Una ética que pueda anticipar hipotéticamente, los efectos remotos de nuestras acciones presentes, aunque sea como un espejismo en el desierto. Solo la anticipada representación del posible peligro al que exponemos a los que vendrán nos permitirá moderar nuestras conductas bajo los lentes de la solidaridad.

 

Por Miryan Andujar
Abogada, docente e investigadora
Instituto de Bioética de la UCCuyo