
Cuando don Francisco Montes me invitó a escribir la historia de Federico Cantoni -un tremendo desafío que asumí responsablemente- que no sea con la rigurosidad académica sino con la visión de periodistas y también que a medida que la obra avanzaba él intercalaría temas alusivos.
Uno de ellos estuvo referido a las innumerables anécdotas que rodearon la vida de un político que transitó por el estrecho sendero entre la realidad y la leyenda, razón por la que el imaginario popular le agregó, le amplió o creó otras tantas.
En este caso Don Francisco relata una anécdota de gran valor porque fue el propio Federico quien se la contó en relación a sus actividades de agricultor.
La tituló: "Los burros podadores" y su texto es el siguiente: "En una de las frecuentes y amenas charlas que mantuve con don Federico Cantoni, con quien me unía una respetuosa amistad no exenta de confianza reciproca, sobre todo en los temas de campo, y que solía pasar largo tiempo en el viejo edificio de DIARIO DE CUYO en la calle Catamarca, o bien cuando participábamos de reuniones en la Federación Económica. Me contó una anécdota, que paso a describir, aunque falto aquellas sonoras palabras, originales metáforas y acentos nativos que el caudillo ponía en sus narraciones, en las que demostraba su espíritu observador en todo aquello que se relacionaba con la vida del hombre en el campo y que marcaba su vigorosa personalidad y sus profundos conocimientos.
Resulta que, hablando de olivos, variedades de aceitunas, rendimientos y demás, le referí que mi familia tenia una finca de seis hectáreas de olivos en Pocito. Entre las variedades que producían había una llamada ‘Ascolano’, muy poco conocida en todo San Juan. Le manifesté la preocupación por el poco fruto que producían a pesar de ser plantas de más de veinte años.
Don Federico me contó entonces, con su lenguaje llano y campero, la experiencia que había tenido con esa misma variedad de aceitunas en un olivar de pocos años allá en Jáchal.
Contó que en dicha finca tenía un gran corral donde unos quince o veinte burros permanecían comiendo toda la chepica y hierbajos de las rastreadas. Su misión única era producir guano para olivar. Pero ocurrió que una noche, por descuido de un peón que dejó mal cerrada la tranquera del corral, los burros salieron y se dedicaron a ramonear los brotes más tiernos de los olivos que fácilmente alcanzaban.
El resultado de esto fue que esa temporada los olivos de la variedad ‘Ascolano’ se cargaron de fruto como nunca antes. Don Federico, como buen observador, lo tradujo en que era necesario despuntar los brotes fruteros nuevos para que dieran fruto abundante. Como así lo comprobamos en el viejo olivar de Pocito.
Cuando llegó su tiempo, armados de una ‘tijera aérea’ despuntamos todos los ramos nuevos fruteros, labor lenta que duró muchos días pues había que tomar con la tijera las ondulantes ramas y tirar de una cuerda para cortar el gajo puntero.
El resultado fue que aquellas plantas que apenas daban unos pocos frutos, se llenaron y dieron una cosecha abundante.
La experiencia de Don Federico Cantoni demostró que los burros eran buenos ‘podadores’".
Por Carlos H. Quinteros Periodista
