"El hombre está hecho para asistir al hombre; la cólera, para exterminarlo”, auguró Séneca. Los barrios de nuestro territorio nacional ampliamente golpeado por la pobreza impugnan en lucha. Es que la falta de oportunidades, un Estado cooptado en varios problemas, intereses, imagen a la acción, y la crisis del capitalismo imperial, hacen crecer los caciques de la delincuencia. Muchos, se rinden a los grandes mercaderes del polvo blanco, para asegurarse el mango diario, antes que al guardapolvo de escuela. Y, la misma vida de insuficiencia, limitaciones, injusticia, hacen que la mayoría quede en situación de destrucción y dependencia. Una ONG, por ejemplo, como "Barriletes en Bandada”, incluye a chicos carenciados en situaciones familiares extremas. En los barrios, piden juguetes, y de los mejores, cuando sus padres ya no se los pueden dar, desde su propio trabajo. Los casos de maestras golpeadas, atacadas, y que tienen estudiantes con disparos de armas de fuego, abundan más.

Precisamente, en muchos colegios del país no se podrían dar clases si no hubiera un patrullero merodeando la entrada a las aulas. Parecería que la tarea educativa ya pasó a ser una profesión de riesgo. Los médicos atacados por los pacientes en las guardias de algunos hospitales regionales escandalizan. El mismísimo Sarmiento en "Civilización y Barbarie”, nos cuenta los inconvenientes de su época dura, pero jamás hubiera imaginado un panorama igual, cabalgando en la llanura de tres problemas actuales: "La nebulosa, el sin sentido y la lucha”. El primero, surge si el maestro del barrio, el médico que se acerca, el cura que todavía lucha, el policía que vela, el que asiste, y el que se le anima a entrar, son los verdaderos héroes de nuestro tiempo. Muchos grupos pujan por crear organizaciones de salida en la nebulosa social agobiante. Es que escandaliza ver a gente pidiendo monedas y durmiendo en las calles. Solo parecen muertos vivos, augurando la primera voz de aura, para cobijarse.

El segundo, surge cuando el silencio emerge del panorama de desolación, irresponsabilidad general, haciendo que muchos pedagogos, sociólogos, psicólogos, militantes, gremios, políticos nuevos, tengan mucho laburo cicatrizador; sino que además, tengan un desafío histórico, encallado en décadas, en las mimas venas abiertas del descuido, de cada rincón o lugar. No obstante, creo que todo ello duele, pero es real que los barrios alejados del centro de las ciudades, resultan cada vez más marginales. Un tema que tiene primeramente a la política en la mira social, pero que ya trasciende meramente al político, sea del partido que fuere. El espejo de la realidad no engaña. No espanto, sino que les sugiero salir libremente un sábado de tarde cualquiera a merodear algún barrio lejano, y se impactarán con lo impresionante. Frente a ello, muchas voces prefieren el silencio. Pero, lejos del centro de calor urbano con ociosas vidrieras entongadas para el consumo, con olor a perfume rico, subyacen los barrios pobres bajo fuego frío, en lucha de sobrevivencia. Ojos vidriosos de opio en la precariedad mágica terrenal, con olor a polvo barato, y el gatillo fácil de aquel blanco que ya no interesa, sino que molesta, lejos de las urnas.

El tercero, lo podemos ver cuando las dos ciudades del pensador medieval Agustín de Hipona, son más reales que nunca: La ciudad celestial y la ciudad terrenal. Afirmó Agustín, que para construir un Estado ideal, necesitamos de "La doble ciudadanía por la cual el hombre puede ser miembro de la ciudad de Dios, sin dejar de ordenar su vida temporal, dentro del marco de la sociedad civil y de acuerdo con sus normas”.

He escuchado, que en este contexto de crisis generalizada, el pensamiento de Marx resucita, al igual que el imperio de un Napoleón concentrador, cuando generó su propio proceso de sublevación. De eso se murmura: "La lucha”, en desorientación, que ya se impone por sí misma, desde los mismos barrios, cantones de asistencia. Territorio minado por el descuido de la lucha terrenal impuesta por el amo dinero: "el arma atómica del diablo”. Ahora, la lucha interpela a las masas, lejos del espíritu celestial civil agustiniano. Me urge decir que la palabra "revolución”, a tanto descaro, volvió al obrero. Me cuesta anunciar en lágrimas, que la lucha activa como salida al gran vacío, aviva un proceso histórico único. Y, que ya lo dijo Séneca: "Nada abate tanto a los espíritus como la pobreza”.