Más allá de la crisis de credibilidad que presenta la Iglesia hoy, el balance del primer lustro de Benedicto XVI abunda en momentos de gran claridad como la Jornada Mundial de la Juventud en Colonia en agosto de 2005 o el triunfo arrollador en su primer viaje a Estados Unidos en abril de 2008, cuando sorprendió a todo un país con su humanidad y sencillez.
Sus tres encíclicas trazan un camino espiritual fascinante: conocer a Dios que es amor ("Deus Caritas est"), recuperar la esperanza ("Spe salvi") y devolver la decencia al sistema económico internacional ("Caritas in veritate"). Su libro "Jesús de Nazaret", cuyo segundo volumen está a punto de ser publicado, es una excelente guía para acercarse y entender mejor al personaje central de la historia de la humanidad. Por su edad avanzada, Benedicto XVI anunció que no pensaba publicar muchos documentos ni hacer demasiados viajes, sino continuar explicando el magisterio de Juan Pablo II. Subrayó, únicamente, el objetivo del ecumenismo como prioridad de su pontificado.
En estos cinco años ha habido una mejora del diálogo y del respeto mutuo con casi todas las confesiones cristianas, desde los luteranos europeos que aprecian a un Papa experto en Lutero, hasta los ortodoxos rusos, que valoran su estilo litúrgico tradicional. Quizá el paso más fructífero a largo plazo sea la creación de los ordinariatos personales para recibir en la Iglesia católica a comunidades anglicanas enteras: obispos, sacerdotes y fieles. En las relaciones con los musulmanes ha habido grandes disgustos como el discurso en Regensburg en septiembre de 2006, pero también una reconciliación visible al rezar con el Gran Mutfí en la Mezquita Azul de Estambul en noviembre de ese año. Con los judíos, el ciclo ha sido más agitado, con momentos de profundo malestar como el del levantamiento de la excomunión al obispo lefebvriano Richard Williamson, pero también con encuentros gratos como las visitas a las sinagogas de Colonia, Nueva York y Roma.
Se esperaba una reforma de la Curia vaticana, para simplificar sus organismos y podar la maleza acumulada en los años de enfermedad de Juan Pablo II. Ese cambio no se produjo, e incluso la comunicación pasó a segundo plano, por lo que el mensaje de Benedicto XVI llega hoy al mundo con mayor dificultad.
