Hoy, cuando los dólares de políticos en Argentina salen a pasear por las calles y visitan conventos probablemente para salvar su dudosa cuna, viene a mi memoria una anécdota de las tantas que protagonizó Juan D. Perón a lo largo de su exilio entre 1955, de su caída, y 1973 de su retorno definitivo y muerte. Producido el golpe militar encabezado por Eduardo Lonardi, Pedro E. Aramburu e Isaac Rojas, el fundador del Partido Justicialista tuvo que buscar exilio para salvar su vida. Se dijeron muchas cosas de él, de las joyas de su segunda esposa ya fallecida y de la herencia de casi una década de poder. Pero no se pudo comprobar la existencia de cuentas especiales y mucho menos de escondrijos con dinero, ni en la Casa Rosada de donde tuvo que salir vertiginosamente en una noche lluviosa, sin llevarse más que un maletín y una valija con tres camisas, dos pantalones, un traje, algunas fotos y pañuelos. Ya en el exterior, se supone que podía haber sacado dinero de presuntas cuentas, antes de que se las inhabilitaran por orden de los dictadores. Pero los últimos 100 dólares de su única cuenta bancaria los sacó con Isabel de una sucursal en Panamá. Había salido de Buenos Aires llevando en sus bolsillos dinero suficiente para vivir unas semanas y en el trayecto hasta exiliarse definitivamente en España, varios amigos de distintos países sudamericanos, algunos en el poder, otros a la distancia, le procuraron asistencia de salvataje.
Perón no acumuló fortunas, aunque si algunos amigos de buen pasar, como el empresario Jorge Antonio que ya residía en Madrid, en un lujoso departamento junto a la plaza ‘Colón’. Luego de dejar Paraguay, el primer país de su largo y obligado desarraigo, donde recibió ayuda del entonces presidente Alfredo Stroessner, viajó a Panamá. Allí conocería nada menos a quien sería su tercera y última esposa, María Estela Martínez, y residiría varios meses, mientras cobraba unos pesos por sus columnas de opinión comercializadas por un argentino llamado Rodolfo ‘Martincho+ Martínez, relator de carreras a caballo, que supo vender en Centroamérica esos textos de opinión de Perón, pero que retribuía a medias, con engaños. Aún así, el fantasioso conciudadano se las ingeniaba para conseguirle plata para que el ex presidente pudiera pagar el insignificante departamento que habitaba.
Un día amaneció con una fuerte neumonía, lo que sumado a la falta de dinero y a las insistentes presiones de los militares argentinos al gobierno de Panamá para que lo expulsaran, terminó cansándolo y pasó a residir en Venezuela. En Caracas donde tuvo mucho movimiento con temas de la política argentina, contó con la ayuda de John W. Cooke, una de las figuras más destacadas de la izquierda peronista, confidente de Perón y de buena posición económica, quien tenía un comercio donde atendía Perón vendiendo caballos pura sangre a grandes personalidades de la región y lo que le permitía ‘sobrevivir’. Allí se encontró con otros dos peronistas, el ultranacionalista Guillermo Patricio Kelly, y el locutor Roberto Galán. Tras la caída del dictador venezolano Marcos Pérez Jiménez, debe dejar el país y pasa a la República Dominicana, donde le dio asilo y ayuda económica el presidente Rafael Trujillo que al poco tiempo también es derrocado. Decide residir en Europa y le manda una carta al general Francisco Franco, pidiéndole permiso. Franco le contesta que sí, pero con la prohibición de reuniones u opiniones políticas que afectaran vínculos de España con Argentina. El pasaje del viaje, por líneas aéreas Varig (para Perón e Isabel), lo pagó el general Trujillo.
Al llegar a España, Perón no tenía ni para pagar un taxi. Pero luego se supo que comenzó a contar con el apoyo económico de Cooke y de Jorge Antonio, un personaje de sorprendentes similitudes con los Báez, López y algunos otros en primera plana de los medios de comunicación por el descubrimiento de fortunas construidas al calor del poder. Antonio había pasado de trabajar como enfermero en el Colegio Militar a dirigir General Motors y Mercedes Benz, de Argentina.
Éste, precisamente fue quien, con otros amigos, en 1964 le financió la construcción de la mítica quinta ’17 de Octubre+, en el madrileño y distinguido barrio de Puerta de Hierro. Antes Perón vivió en una casa de El Plantío, zona ubicada a 12 km de Madrid, y luego en pleno centro de la capital española en una casa prestada. En este lapso, se habla del envío de fondos que le habría realizado Arturo Frondizi por su apoyo en las elecciones de 1958 que lo llevaron a la presidencia argentina. Ese dinero le habría permitido vivir con más tranquilidad en España en la Quinta, junto al deleznable José López Rega, primer José López famoso del peronismo. Sin embargo, desde el comienzo y hasta el final, Perón vivió austeramente. Así, de aquellos últimos cien dólares de sus ahorros argentinos hasta el final de sus días, no se le conoció acumulación de dinero ni en bancos ni en bóvedas. De eso poco aprendieron quienes usaron la doctrina peronista para exclusivos negocios personales.

