El 1 de enero último, el euro cumplió sus primeros diez años. El proyecto de una moneda común se remonta a diciembre de 1991, cuando los países integrantes de la Comunidad Económica Europea (CEE), firmaron el tratado de Maastricht, en Holanda.

En ese acuerdo -que convirtió a la CEE en Unión Europea- se estipuló que los países interesados en la moneda común tendrían que cumplir una meta de inflación reducida y mantener equilibrio presupuestario en sus cuentas, entre otros requisitos.

El 1 de junio de 1998 entró en funciones el Banco Central Europeo (BCE), que se ocupó de implementar la sustitución de las monedas nacionales de los países adherentes.

Entre 1999 y 2001, el euro se utilizó solamente para transacciones electrónicas en los mercados de capitales y, a partir de 2002, las monedas y billetes comenzaron a circular. Inicialmente fueron 11 los países que, abarcando una población total de 300 millones de personas adoptaron la moneda común: Alemania, Austria, Bélgica, España, Finlandia, Francia, Holanda, Irlanda, Italia, Luxemburgo y Portugal. En 2001 se sumó Grecia, en 2008 lo hicieron Malta y Chipre y en 2009 se agregó Eslovaquia.

De acuerdo al BCE, en el primer decenio de la moneda común se crearon 16 millones de empleos en la zona euro, la inflación se ubicó en un promedio de 2% anual y los tipos de interés de redujeron al 4%, frente al 9% que predominaba en los años 90. El índice de desempleo, que se situaba en un 9% en el momento de la introducción de la divisa, disminuyó al 7% hacia fin de 2007.

Sin embargo, existe cierta preocupación institucional en mejorar la imagen del euro, que fue recibido con escepticismo y aún no tiene aceptación unánime en las calles. Joaquín Almunia, comisario europeo de Asuntos Económicos, señaló en el diario El Mundo, de Madrid, en mayo de 2008, que "la imagen pública del euro no refleja todos los beneficios objetivos que representa para los ciudadanos".

Stephanie Flanders, editora de economía de BBC News cree que la unión monetaria y económica no ha corregido importantes asimetrías entre las principales economías. Explica que, por ejemplo, España e Irlanda crecieron ostensiblemente en los primeros años del euro, etapa en que las tasas de interés que fijaba el BCE eran más reducidas y el crédito actuaba como motor del crecimiento económico, pero en función de las restricciones crediticias generadas por la crisis financiera global, pasaron de la expansión a la recesión casi sin escalas.

El euro comenzó cotizando a un tipo de cambio de 1,17 dólares y para fin de 2008, registró un crecimiento general del 19% frente a la moneda de los EEUU, cerrando a 1,39 dólares por unidad. La relación entre las dos monedas experimentó distintas oscilaciones a lo largo de la década, descendiendo a valores mínimos en los primeros años y alcanzando máximos históricos en la primera mitad de 2008, que se explican por la vulnerabilidad de la economía norteamericana.

En aquel momento, hubo quienes plantearon que el dólar fuera reemplazado por el euro como medio de pago preferencial en el intercambio comercial a nivel mundial. Entre los detractores del dólar se encontraban países petroleros. Sin embargo, tal idea resulta muy difícil de ejecutar; más del 65% de las reservas de los bancos centrales del mundo están denominadas en dólares, mientras que el euro no supera el 25% del total y, siendo que EEUU es un socio comercial de suma importancia para numerosos países, no es sencillo diversificar las reservas.

Así, en un contexto global recesivo, el euro empieza su segunda década de vida.