Cuando salió de la sinagoga se fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre; y le hablan de ella. Se acercó y, tomándola de la mano, la levantó. La fiebre la dejó y ella se puso a servirles (Mc 1,29-39). Este es el milagro más insignificante del evangelio. Pasa casi inobservado. Sin embargo, el evangelista Marcos lo ubica como el primer hecho prodigioso, que debería servir al lector como un cuadro interpretativo para aquellos que lo siguen. En verdad, por su pobreza y casi irrelevancia, se trata de un signo que tiene una riqueza única de contenido. Al inicio del evangelio, Jesús invita a "creer” (1,15), que en concreto significa "seguirlo” (1,16-20). Su palabra nueva vence en nosotros al espíritu del mal, suscitando estupor (1,21-28). Aquí tenemos ahora el primer resultado de la victoria sobre el mal; es decir, sobre Satanás: liberación del mal para servir al bien. La suegra de Pedro, curada de la fiebre, se pone a servir. En esta breve escena lo importante no es la curación en sí que devuelve la gana y la salud a la suegra del primero de los apóstoles, sino que ésta, recalca Marcos, se puso a servirles: "diekónei autos”, dice el texto griego. La suegra de Pedro, como todas las mujeres en aquella época, no era considerada ni tenida en cuenta. De hecho no podían ser testigos en un juicio. ¡Enferma, anciana, y suegra! Es la primera en encarnar y dar testimonio del espíritu del Señor: "Dios ha elegido lo que no es para reducir a nada aquello que es” (1 Cor 1,28). Aquí "liberación” y "servicio” se dan la mano. ¿De qué fiebre deberíamos ser curados por Dios? Tal vez, la de la ambición del poder para dominar, creyéndonos que somos "alguien” cuando queremos llevarnos por delante y derribar a los demás. Quizá, la fiebre de la indiferencia, sumamente peligrosa, ya que implica no reconocer la existencia del prójimo. ¿No será que debemos curarnos de la fiebre de la queja y el raquitismo de la inoperancia? Decía el historiador británico Thomas Carlyle (1795-1881): "No te lamentes del tiempo en que te toca vivir. Si lo encuentras negativo, pregúntate qué has hecho para hacerlo mejor”.

Hoy la Iglesia celebra la Primera Jornada Internacional de oración y reflexión contra la trata de personas. El Papa Francisco es quien la ha instituido, en este día, fiesta litúrgica de santa Josefina Bakhita, esclava africana de Sudan (1869-1947), que una vez liberada fue monja y canonizada por Juan Pablo II en el 2000. Bakhita, que significa "afortunada”, es el nombre que se le puso cuando fue secuestrada, ya que por la fuerte impresión, nunca llegó a recordar su verdadero nombre. Josefina es el nombre que recibió en el bautismo. Creció junto con sus padres, tres hermanos y dos hermanas, una de ellas su gemela. La captura de su hermana por unos negreros que llegaron al pueblo de Olgossa, marcó mucho en el resto de la vida de Bakhita, tanto así que más adelante en su biografía escribiría: "Recuerdo cuánto lloró mamá y cuánto lloramos todos”. En su biografía Bakhita cuenta su propia experiencia al encontrarse con los buscadores de esclavos. "Cuando aproximadamente tenía nueve años, paseaba con una amiga por el campo y vimos de pronto aparecer a dos extranjeros, de los cuales uno le dijo a mi amiga: ‘Deja a la niña pequeña ir al bosque a buscarme alguna fruta. Mientras, tú puedes continuar tu camino, te alcanzaremos dentro de poco”. El objetivo de ellos era capturarme, por lo que tenían que alejar a mi amiga para que no pudiera dar la alarma. Sin sospechar nada obedecí, como siempre hacia. Cuando estaba en el bosque, me percate que las dos personas estaban detrás de mí, y fue cuando uno de ellos me agarró fuertemente y el otro sacó un cuchillo con el cual me amenazó diciéndome: ‘Si gritas, morirás! Síguenos!”. Luego de ser capturada, Bakhita fue llevada a la ciudad de El Obeid, donde fue vendida a cinco distintos amos en el mercado de esclavos. Nunca consiguió escapar, a pesar de intentarlo varias veces. Con quien más sufrió de humillaciones y torturas fue con su cuarto amo, cuando tenía 13 años. Fue tatuada, le realizaron 114 incisiones y para evitar infecciones le colocaron sal durante un mes. "Sentía que iba a morir en cualquier momento, en especial cuando me colocaban la sal”, cuenta en su biografía. El comerciante italiano Calixto Leganini compró a Bakhita por quinta vez en 1882, y fue así que por primera vez fue tratada bien. El Santo Padre ya había dicho el 10 de abril de 2014 que, "la trata de personas es un crimen contra toda la humanidad”, y para vencerlo es necesario romper el silencio y la indiferencia; promover una cultura de la vida que respete la dignidad de toda persona, y comprometerse a difundir informaciones sobre la trata y sus causas. No miremos para otro lado. En 2008 se sancionó en Argentina la ley 26.364 cuyo objetivo es la persecución y sanción de la trata de personas, y asistencia de sus víctimas. Desde su sanción hasta el 31 de octubre de 2014 fueron rescatadas 7.576 víctimas. Liberar para salvar: he ahí el desafío.