Tiempos de los cines de barrio, de los últimos corsos, de la chaya febril desparramada por toda la provincia, y aquel Concepción repleto de equipos de fútbol, cuando San Juan acostumbraba a salir campeón de la Copa "Becar Varela”, prestigioso torneo mayor de selecciones provinciales, y por las calles del centro el "Negro” Jiménez se convertía habitualmente en el hombre publicidad, ataviado para vender, difundir espectáculos y regalarnos ternura en la esquina de Rivadavia y General Acha.

Nunca entré al Bar Velásquez, pero pasé por su acera gastada y vi su noches radiantes engalanar al Pueblo Viejo; de él tengo numerosas vivencias producto del relato de amigos y el reservorio inagotable del imaginario popular, que es un vaso que derrama anécdotas y construye mitos; pero me atrapó con su retrato de cosas simples, su fama de lugar de encuentro, naipes y tragos cordiales, tan es así que me permití hacerle el regalo de una tonada, cuando cerró sus sueños sobre sí mismo, como una ostra de luz que quiso cautivar la luna llena.

Lugar tradicional de los simpatizantes de Peñarol y otros acólitos de Concepción, esquina de Cerecetto y Tucumán, hogar del Leto y el Cututo (son los hermanos que conocí), repiqueteos estentóreos de carcajadas en catarata y viento impetuoso, trucos jugados a amistad y abrazo, y en la madrugada retruco entre algún duende trasnochado y la luna novia. La ciudad va cercando quimeras, acorralando instantes y sembrando nuevas esquinas donde quizá ya no haya espíritus angelados, y el progreso se convierta en una maquinaria insultante destronadora de sueños. La luna del bar Velásquez anda por ahí, deshilachada entre los jardines de la Plaza "Juan Jufré” y los espectros perfumados del viejo barrio que, ni por diablos, se resigna a morir, porque para eso es barrio, rincón cercano a las entrañas donde desvelos y amores han de quedar para siempre consignados.

(*) Abogado, escritor, compositor, intérprete.