Nicolás Avellaneda afirmó que "los pueblos que olvidan sus tradiciones, pierden la conciencia de sus destinos, y los que se apoyan sobre tumbas gloriosas, son los que mejor preparan el porvenir". Las palabras con que el entonces presidente de la Nación exhortó a repatriar los restos de José de San Martín, el 5 de abril de 1877, al conmemorarse el 59¦ aniversario de la batalla de Maipú, deberían ser meditadas a conciencia hoy, 162 años después de la muerte del Libertador.
Para decirlo con palabras de este héroe, cada vez más ausente en las escuelas y en la memoria de sus conciudadanos, "para los hombres de coraje se han hecho las empresas". Cuando él encaró la suya de liberar la parte austral de América del Sur, las condiciones de aquel desierto salpicado de pequeñas poblaciones que era la Argentina resultaban infinitamente más graves y difíciles que las actuales. Había que hacerlo todo: crear confianza en la causa de la emancipación, levantar ejércitos y edificar instituciones, vencer la reticencia de los que no veían más allá de su realidad comarcana y superar el recelo de los que pretendían medrar sin importarles las consecuencias.
Su austeridad y transparencia en la gestión siguen siendo un modelo a imitar. Después del triunfo de Chacabuco, al renunciar a los 10.000 pesos en oro que le otorgó el Cabildo de Santiago de Chile, pidió que fueran asignados a la creación de una biblioteca nacional. Cuando se hallaba entregado a asegurar la libertad de Chile, para aliviar las penurias de las arcas públicas rechazó el obsequio de una vajilla completa de plata que había puesto a su disposición el gobierno con estas palabras: "No estamos en tiempo de tanto lujo; el Estado se halla en necesidad y es necesario que todos contribuyamos a remediarlas". No conforme, ordenó la suspensión de los sueldos que le correspondían como general en jefe del Ejército.
Podrían señalarse múltiples actos de desinterés en pos del bienestar de los pueblos que emancipó. En síntesis, San Martín está en el bronce por lo que hizo sobreponiéndose a sus humanas falencias y debilidades; no por haber carecido de ellas.
Ese es su ejemplo, tan vigente como necesario en nuestros días. La honradez, el vigoroso entusiasmo, la infatigable actitud de servicio, debe regir la conducta de los que gobiernan. Pero también de los gobernados. Es una tarea de todos, y si es cierto que se necesitan líderes, no lo es menos que los grandes edificios se construyen con ladrillos pequeños.
