"Tres amistades son ventajosas y tres son dañinas. Las amistades con los honestos, con los sinceros, con quien tiene mucha experiencia, son ventajosas. Son dañinas las amistades con los aduladores, con los falsos, con las sirenas”. Recuerdo estas palabras de un libro de Confucio, que leí hace varios años atrás y que lleva por título: "Diálogos”. Como toda realidad humana, también la amistad puede tener dos caras, revelarse como ambigua, ser fuente de bondad o causa de males. La línea de demarcación que señala el famoso maestro chino del siglo VI-V aC, es clara.

Es curiosa la última imagen empleada para definir al amigo falso: una sirena. Es similar a una voz que atrae, meliflua y armoniosa a la que cuesta resistirse, a menos que uno se tape los oídos. Pero el verdadero amigo es aquel con quien se puede seguir pensando en voz alta, y no con todos se puede reflexionar de ese modo. Es con quien se puede establecer una relación transparente entre el "yo” y el "tú”.

La primera tentación que destruye esa relación es la envidia (in-videre), que no soporta ver al "otro”, porque deforma el rostro del amigo. El otro es envidiado porque se ven en él los bienes o el prestigio que se desean como propios. La envidia anula al "tú” como persona, y lo que busca es destruirlo, no promocionarlo. La otra tentación es la del narcisismo: el otro simplemente no es visto porque el "yo” acapara toda la atención y preocupación. pero la amistad comienza donde termina el interés.

No resulta fácil encontrar un amigo verdadero. En la Sagrada Escritura encontramos una cita que lleva a una seria reflexión, y se encuentra en el libro del Eclesiástico: "Un amigo fiel es una protección segura; el que lo encuentra ha encontrado un tesoro. Un amigo fiel no tiene precio; su valor no se mide con dinero. Un amigo fiel es como un elixir de vida” (Eclo 6,14-17). En un texto escrito en portugués en 1924: "Jesus Cristo em Lisboa”, su autor que firma con el seudónimo Teixeira de Pascoaes (1877-1952), advierte que "el verdadero amigo no es aquel que te seca las lágrimas, sino quien te impide derramarlas”. Prevenir el mal en el otro, es signo de amistad y de un amor alto como el de la madre que no sólo previene, sino que también está siempre al lado con una cercanía intensa, libre y constante para evitar que el amigo caiga en el error que genera sufrimiento, en una trampa que aprisiona, o en una situación de infelicidad que lleva al desaliento. "A la amistad no se la busca, no se la sueña, no se la desea: se la ejercita porque es una virtud”. Así afirmaba la filósofa judía francesa Simone Weil (1909-1943).

Es la línea de pensamiento que continúa la perspectiva de Aristóteles, para quien la amistad, como todas las virtudes, implica el paso de una "pasión” (en griego: "pathos”), hacia una "disposición” (en latín: "habitus”); es decir, de un estímulo pasivo hacia un aspecto racional y electivo. La amistad se afianza con gestos de entrega a través del tiempo, que es el ambiente en el cual ella echa raíces. Es a lo largo de días, meses y años donde se mide la fidelidad, que es el mandamiento fundamental para que la amistad perdure.

En la "Ética a Nicómaco”, el filósofo griego Aristóteles presenta el tema de la amistad en el libro VIII de dicha obra, y allí dice claramente: "La amistad necesita del tiempo. Según el proverbio, no es posible conocerse recíprocamente antes de haber "compartido juntos la sal”. Fidelidad significa que la amistad se nutre, para valernos de una palabra subrayada continuamente por el filósofo danés Soren Kierkegaard (1813-1855), cuando toca este tema: la "repetición”. Se trata de repetición de gestos de cercanía y de palabras alentadoras.

La fidelidad significa también la capacidad de superar las distancias, no temer a la diversidad, y afianzar el perdón que es la renovación del "sí” en la amistad que es tal. Fidelidad implica igualmente acompañar en los momentos oscuros, tristes o dolorosos del otro. Ser amigo en sentido genuino es fruto de una educación del alma, nace del ejercicio sano de los afectos, y crece con el valor del diálogo abierto. Pero para que la amistad sea enriquecedora, no debe quedarse encerrada entre el "yo” y el "tú”. Necesariamente debe abrirse al "nosotros”. Cuando se abre al bien, no sólo busca el bien "del” otro sino "para” los otros. Distancia e intimidad, respeto y comunión, necesidad del tú y no posesión del otro: esto constituye la verdadera amistad.

No es ni más ni menos que una imagen de la amistad originaria y perfecta, esencia misma del Dios Trino. La amistad auténtica no termina. En palabras del poeta dramático romano Publio Siro: "Amistad que concluye no había comenzado”. El auténtico amigo es el que lo sabe todo sobre ti y sigue siendo tu amigo. Sin la amistad, el mundo es un desierto.