"Un día…tomé la sillita, sitial de sus largas y tediosas horas, y la enderecé como carro de la victoria por las tranquilas callecitas del barrio…".

Ramoncito era delgado y frágil como el primer brote de esa primavera que lo trajo al barrio. Sus ojitos no tenían el merecido brillo de sus años. Miraba con una tristeza que le venía desde más atrás, y su sillita de anchas ruedas y estribo -trono de un reino donde casi todo faltaba- solía pasearlo por el frente de mi casa, hay que decir que escasas veces, alguno que otro fin de semana, porque su madre trabajaba afuera y se veía compelida a dejarlo en lo de la vecina, hasta su vuelta, al atardecer, que era bastante más triste que el atardecer de los otros muchachitos del barrio, entonces ella debía prepararse para el día siguiente.

Muchas veces vi cuando Ramoncito recibía a su mamá con el festejo de tenerla y mitigar sus soledades, y cómo ella lo acariciaba de un modo que me resultaba extraño, mezcla de homenaje y emociones.

En algunas oportunidades, cuando sus quehaceres lo permitían, la vecina que lo compartía lo llevaba a la canchita y lo dejaba un rato al costado del potrerito para que el niño se distrajera. Muchas veces hubo que llevarlo de vuelta porque se olvidaban de buscarlo y las sombras amenazaban la sencilla ceremonia de tenerlo con nosotros, aunque él no quería volver; la calle le tonificaba un poco de vida.

Estoy seguro que todos los chicos sufríamos cuando pasábamos y el niño nos miraba desde su sillita paralizada aguaitando de un modo extraño la calle. Claro, porque además no podíamos imaginar qué desfilaba por su bella cabecita rubia.

Cuando volvía de la escuela, con algún pretexto me acercaba a la verja donde el chico casi siempre estaba. A mis escasos ocho años ya podía darme cuenta de que de algún modo se alegraba al verme al saludar con su bracito delgadísimo, pálido junquillo de fresia silvestre que parecía quebrarse en su pálida escualidez. Creo que me esperaba pasar, y eso me ponía muy feliz.

Un día me levanté con la idea fija. Me acerqué a su casa y pedí permiso a su madre para llevarlo a pasear todas las tardes, antes de que ella llegara. Y así fue. Tomé la sillita, sitial de sus largas y tediosas horas, y la enderecé como carro de la victoria por las tranquilas callecitas del barrio. El gato gris de la esquina nos saludó, estoy seguro. Los benteveos parecían sonreír. Alguna vecina me felicitó, otra me saludó con cariño o reconocimiento; yo era feliz y de cuando en cuando miraba cómo los ojitos de Ramoncito se ponían antorcha, fogata, arroyito cantarín, ramos de puro amor.

Lo llevé hasta el almacén. Me confesó que no lo conocía. Fuimos hasta la placita. Me contó que un Día del Niño lo habían traído y que se divirtió muchísimo viendo jugar a sus compañeritos del barrio. Lo llevé a la parada del colectivo; nos pilló una vez una sorpresiva llovizna que nos hizo juguetear y que él no quería abandonar; fuimos a la puerta del viejo cine y un día cumplí la promesa de que viéramos juntos una película de Tarzán. Él se reía de todo, creo que a modo de homenaje a lo que iba descubriendo.

Los años nos separaron; nos enriquecen pero también nos roban aventuras y emociones. Sorpresivamente, él se fue del barrio. Se comentó que a otra provincia con su madre, y me quedaron aquellos brazos del niño que fui tiritando de abandonos. Todavía empujo emocionadamente en mis sueños más dulces su silla de ruedas.
Posiblemente por cobardía o temor al dolor o por respeto a nuestra amistad tan bella jamás pregunté qué había sido de su vida, sabiendo que los chicos con polio no viven muchos años.

 

Por el Dr. Raúl de la Torre
Abogado, escritor, compositor, intérprete