Al celebrarse mañana el Día del Niño por Nacer y en un contexto último de debate sobre la defensa de la vida, nos debemos un respetuoso diálogo. La presidenta Cristina Fernández de Kirchner, de modo convincente ha expuesto ante la sociedad su posición pro vida, en contra del aborto, teniendo respeto por la opinión de los otros que no coincidan con el de ella. Con decisiones políticas contundentes ha demostrado su postura: la implementación del Plan Asignación Universal por Hijo (AUH) y la Asignación por Embarazo.
El Plan Nacer es un programa federal del Ministerio de Salud de la Nación que invierte recursos en salud para mejorar la cobertura de salud y la calidad de atención de las mujeres embarazadas, puérperas y de los niños menores de 6 años que no tienen obra social. El jefe de Gabinete de la Nación, Juan Manuel Abal Medina, ha expresado esta semana que el debate sobre la despenalización del aborto no es parte de la agenda del gobierno, sino una discusión propia del Poder Legislativo. No obstante, pareciera que no faltan quienes, identificándose como defensores de la democracia no admiten expresiones que contrasten con la de ellos.
El pasado miércoles la periodista Magadalena Ruiz Guiñazú criticaba a la Presidenta de la Nación, ya que decía que debería estar a favor del aborto al haber obtenido el 54% de votos en la última elección. En su programa radial, se entrevistaba a la legisladora nacional María Luisa Storani (UCR) quien señalaba que aún hoy existen muchos prejuicios sobre este tema y que los diputados provinciales llevamos al recinto del Congreso el pensamiento de los provincianos, un poco retrasado al respecto, significando que en el interior del país vivimos al margen del progreso o de las ideas de avanzada.
Considero que no existe progreso alguno cuando no se respeta el primero de los derechos humanos que es el derecho a la vida, y que la Presidenta tiene derecho como ciudadana a tener su propia opinión sobre la defensa de la vida, para que el "Nunca más” no sea otra expresión dicha al azar o sea parte de una rutinaria retórica, sino un lema revelador de que la vida no es cuestión de ideología, ni tampoco debe depender del arbitrio o del capricho de quien tiene el poder, sino un derecho que antecede a éste. Como auténtica defensora de la democracia, la Presidenta respeta las otras opiniones e indica que el debate de leyes en un sistema democrático de gobierno se debe realizar en el ámbito del Parlamento.
La semana pasada la Corte Suprema de Justicia de la Nación emitió un fallo referido a un caso particular que llegó hasta su altísima autoridad. La misma ha realizado una interpretación en sentido amplio, del viejo artículo 86 del Código Penal que no castigaba el aborto en el caso de una mujer deficiente mental que había sido violada. Es sabido que hay una vieja disputa acerca de cuál es el alcance y el sentido preciso de ese artículo, y la Corte ha interpretado autoritativamente extendiendo esa no penalización del aborto a todo caso de violación. Ahora el presidente de la Corte dice que no se trata de favorecer la legalización del aborto, pero aquí se está produciendo una jurisprudencia autorizada que va a ser aplicada en muchísimos casos.
De hecho, hay que decir que la Corte Suprema ha concretado la no penalización del aborto en caso de violación. La misma Corte jamás se atrevería a castigar con la pena de muerte al violador, pero sí está castigando con la pena de muerte al fruto de una violación, añadiendo a ese crimen detestable que es la violación este otro crimen,que es la muerte del inocente. Lo extraño es que la Corte Suprema de Justicia de la Nación falle en contra de la Constitución, ya que en la reforma de 1994, ha incorporado a su texto Tratados Internacionales que defienden el derecho a la vida desde el instante de la concepción.
Lo que podría haberse propuesto en todo caso es declarar inconstitucional aquel viejo artículo del Código Penal que, en los años 20 del siglo pasado, haciéndose cargo de una mentalidad eugenésica que reinaba en la Argentina de la época, ha establecido la posibilidad de que aborte una mujer deficiente mental violada. Ahora la Corte dice que no es necesario que sea deficiente mental sino que toda mujer violada puede recurrir tranquilamente al aborto. Se sostiene además, que no sería punible el aborto cuando el embarazo fuera producto de una violación, a cualquier mujer, y basta con que llene un formulario declarando que fue violada, para que todos los centros de salud estén obligados a cometer el homicidio prenatal.
Esto es cambiar todos los términos de la ley vigente, ya que si la mujer es capaz se presume que sus relaciones sexuales son consentidas; por tanto es necesario probar que fue violada. Al llenar un formulario sin hacer la denuncia penal, nadie va a investigar la supuesta violación. En pocas palabras, cualquier mujer que quiera matar a su hijo antes de su nacimiento, podría hacerlo con solo llenar un formulario. En definitiva la Corte Suprema, invocando los derechos de igualdad, libertad y no discriminación, crea arbitrariamente una categoría especial de personas, las que han sido concebidas a raíz de una violación, a las cuales, sin que calidad alguna suya las distinga de otras, las priva de la protección de los servicios de justicia y de salud y a las que niega, lisa y llanamente, el derecho a la vida. O sea, el Tribunal, en un acto de discriminación, crea la categoría humana de personas sin derecho a la vida.
El gran rabino Rashì de Troyes (1040-1105) nos reserva una sorpresa. Cuando comenta los diez mandamientos, al llegar al quinto: "No matarás”, no escribe ni una sola palabra, y deja una página en blanco, porque según él, cuando se comete un asesinato, no vale la pena emitir palabra alguna. No se puede explicar nada, porque estamos frente al absurdo. La cultura de la muerte no es sólo un concepto sino también una expresión que describe un drama: el del menosprecio a la vida. Educar en su valor, cuidarla promocionándola por medio de la salud y políticas de inclusión social, y protegerla por parte de todos, es una obligación de la democracia para defender a la persona humana desde el primer instante de la concepción hasta su ocaso natural, contrarrestando los efectos del totalitarismo de la muerte y del desprecio de la dignidad de la persona.
