Entre un cuarto y un tercio de los alimentos producidos para consumo humano se pierde o desperdicia anualmente en el mundo, según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO). Esto equivale a 1300 millones de toneladas de alimentos que incluye 30% de cereales, casi el 50% de bulbos, frutas, hortalizas y oleaginosas, el 20% de carne y lácteos y un 35% de pescado.
Si se evitara la inutilización de esos productos, podrían alimentarse 2.000 millones de personas que pasan hambre en zonas paupérrimas, con pobladores carecientes o marginados como los del África subsahariana por ejemplo. Pero en regiones que son grandes productoras de alimentos, como América latina y el Caribe, también existen millones de indigentes que pasan hambre dando lugar a una cruel discriminación. La FAO, a través del representante zonal, el economista sanjuanino Raúl Benítez, ha precisado esta incongruencia inherente a distorsiones de la cadena productiva y los hábitos de consumo.
Según las precisiones de la oficina del organismo, con sede en Santiago de Chile, un 6% de las pérdidas globales de alimentos ocurre en esta región. Son pérdidas, que incluye el desperdicio, de alrededor del 15% de la disponibilidad alimentaria, que no solo impide cubrir todas las necesidades de comida de la población -aun en la extrema pobreza- sino repercute también en la rentabilidad de los productores y genera un aumento de precio para los consumidores. Otro resultado negativo de este despilfarro, es el impacto sobre el medio ambiente por la basura de los productos que podrían alimentar a los 47 millones de personas que sufren hambre en la región.
Como ha señalado Benítez, erradicar el hambre en esta parte del continente requiere que todos los sectores de la sociedad hagan esfuerzos por reducir pérdidas y desperdicios a través de cada uno de los actores de la cadena alimentaria, desde mejores inversiones en infraestructura y comercialización, hasta la sensibilidad pública tanto en las costumbres de consumo como en fomentar los bancos de alimentos. Estas entidades comunitarias reúnen comida que por diversas razones podría ser descartada y la redistribuye entre los más necesitados, como hacen los bancos que existen en Costa Rica, Chile, Brasil, Guatemala, Argentina, República Dominicana y México.
