Mi mano aprieta con fuerza la del mayor cuando se detiene frente a nosotros un indio imponente de piel negra, brillante por el betún, queriendo ser simpático daba alaridos y saltos en una demostración de fuerza y habilidad, sólo acrecienta mis temores, es una de las primeras máscaras sueltas que circula por calle Tucumán abriendo el desfile de un sinfín de mascaritas que compiten en frenesí, detrás vienen los carruajes de carnaval, fue mi primer contacto con las máscaras, luego vendrían las fiestas de disfraces y al crecer conocí y usé las máscaras de simulación, esas que nos aíslan del resto.

Desde el inicio la humanidad de alguna forma u otra hizo uso de máscaras, ya sean de pinturas, barro, de plumas, hierro, antifaces o maquillajes, a la distancia de los años y la experiencia me muestra que todos las usamos.

En los enormes teatros griegos de la antigüedad los actores a falta de sonido, se munían de dos máscaras una sonriente y la otra de tristeza con las que daban a entender su estado de ánimo de acuerdo al libreto, en tanto durante la edad media los caballeros y soldados se cubrían de armaduras de hojalata con un yelmo que ocultaba su rostro, por seguridad o tal vez para que no se vea si derramaba lágrimas al enfrentar la lid, siempre montados en orgullosos corceles a los que también se los enmascaraba.

Luego confeccionaron otras con telas suaves, más bellas, con adornos de plumas y lentejuelas y de ahí al antifaz hubo un paso. El uso de mascaras permitió a los aristócratas mezclarse en bailes de plebeyos y viceversa. Como podemos apreciar la máscara desde tiempos inmemoriales permitió esconder la verdadera cara, mentir sobre el verdadero estado de ánimo del usuario o su identidad.

La mayoría de las veces relacionamos las máscaras con el carnaval, con el esparcimiento, con la diversión, pero ocultando el verdadero rostro, como si no quisiéramos dar a conocer los verdaderos sentimientos o temores, será que esto nos brinda impunidad, mas libertad y podemos gozar sin remordimientos. Ese ocultamiento nos da una seguridad extra, podemos mentir y nadie se dará cuenta. Justamente los festejos de Carnaval tienen la característica común de ser un período de permisividad y cierto descontrol. El origen de su celebración parece probable de las fiestas paganas, como las que se realizaban en honor a Baco, el dios del vino, las saturnales y las lupercales romanas, o las que se realizaban en honor del toro Apis en Egipto. Luego se expandió la costumbre por Europa, siendo llevada a América por los navegantes de la época. El carnaval está asociado principalmente con el catolicismo, y en menor medida con los cristianos ortodoxos orientales, las culturas protestantes usualmente no celebran el carnaval o tienen tradiciones modificadas.

Encontramos en el payaso la mejor muestra tragicómica de la vida, mientras su boca muestra una sonrisa una lágrima corre por su mejilla, el ser humano en cualquiera de las forma alguna vez en su vida usó una máscara, vemos a diario en nuestras actividades como el arquero de hockey, el apicultor para extraer la miel, quien practica buceo, el cirujano en una operación, quienes se protegen de la polución, también están las máscaras de oxígeno, las mortuorias, etc. son innumerables las actividades en las cuales se usan, hasta nuestros héroes de la niñez son cultores del uso, como muestran el Zorro, Batman y Robin, el Hombre Araña, Flash, el Llanero Solitario, hasta Superman con sus anteojos marcaba la doble personalidad, por lo tanto no sólo los indígenas.

En estos tiempos se han popularizado aún más que en el pasado los maquillajes no sólo para las damas ya que el sexo fuerte también recurre a algún tipo de maquillaje por alguna razón.

Observando con atención a quienes nos rodean o circulan por las calles podremos ver las distintas máscaras usadas por todos, verdaderos mecanismos de autodefensa aunque no queramos admitir o sin tomar la verdadera dimensión, los gestos adustos y las sonrisas amplias son las máscaras mas usadas, queriendo con esa especie de cáscara ocultar los verdaderos sentimientos, los que muchas veces si se dieran a conocer verdaderamente, podríamos convivir mucho mas tranquilos sin tener que estar a la defensiva.

Cuánto bien nos haría, para la salud mental de todos, desprendernos y arrojar lejos las máscaras, mostrar el verdadero ser.