Hay que llegar al final del camino o, en este caso, del cruce cordillerano, para reconocer a estos infatigables, pacientes y testarudos animales. Se trata de las mulas o acémilas, como también se las denomina. Ellas han sido grandes protagonistas de la historia cosmopolita del hombre, al haber permitido afrontar largas y rigurosas campañas, de la misma manera que lo hizo el "caballito criollo”, aunque con la diferencia de que no tuvo a un poeta que le cantara.

El Dr. Veterinario José Andrés Carrazzoni se encargó de aclarar que la mula no es una especie animal, sino el producto del cruzamiento entre un asno y una yegua. Los asirios, antiguo pueblo que se ubicaba cerca del río Tigris ya la conocía, prueba de esto son las figuras de bajo relieves esculpidas en piedras. Parece que los hebreos no la conocieron hasta el reinado del rey David (1050-1015 a. C.).

Los romanos le dieron gran importancia, dedicándole tanto o más interés que al caballo. En Italia ya era utilizada 350 años antes de Cristo. El dictador Sulpicio Peticus, durante una batalla con los galos, ordenó descargarlas y montarlas para cargar contra ellos. Este ardid sería imitado muchos años después por Julio César.

Fueron los ejércitos romanos los que la introdujeron en Francia y España. Finalizado el tiempo de la conquista, los romanos las emplearon en tareas agrícolas y de transporte. En la Edad Media, en Italia, los grandes personajes la utilizaron como montura de lujo. A fines del siglo XVIII, los artilleros las destinaban al transporte de bagajes cañones y municiones, en la región alpina.

La mula llega a nuestro continente traída por los conquistadores, aunque el rey España procuró mantener en estas tierras la preferencia por el caballo. Había que pedir permiso para montar una mula, así lo certifica una carta de Cristóbal Colón solicitando autorización para montar una, debido a su mal estado de salud en 1494.

La prohibición de montar mulas se reiteró en 1505, exceptuando de esta medida sólo a los clérigos y a las mujeres.

En México, en 1528 penaban con la muerte a aquellos que les vendían caballos y yeguas a los indios para que aprendieran a montar. Todas estas medidas no causaron efecto y se vio tanto a los españoles como a los pueblos originarios montando mulas.

Los españoles trajeron asnos de su país para producir las mulas en México, Guadalupe y el Río de la Plata, pensando en la utilidad que podían prestar en las regiones mineras.

El comercio de la mula fue el gran negocio de aquellos tiempos. Los españoles tenían grandes inconveniente en trasladarse por toda esta región por la carencia de caminos y medios, fue así que utilizaron la red caminera del imperio incaico, la que era mucho mejor de lo que pudieron suponer. Los incas la habían encarado con la llama, pero este animal ahora no era el indicado por su reducida capacidad de carga y por el corto tramo que podía recorrer por jornada.

Finalmente, para los caminos angostos y pedregosos de zonas montañosas, la mula fue mucho más apta que el caballo.

Durante mucho tiempo, la producción de mulas se constituyó en el siglo XVII y XVIII en el comercio más importante entre el Perú y las provincias del Norte, Córdoba, Cuyo y Litoral, con la salvedad de que la mayor parte de las cuyanas se vendía a Chile.

Entre 1762 y 1772 se vendió al Virreinato del Perú medio millón de acémilas. Se puede afirmar que la mula nacía y se criaba en el Virreinato del Río de la Plata para ir a trabajar al Virreinato del Perú, donde moría agotada por el exceso de trabajo y la falta de cuidados. Había una Real Cédula de diciembre de 1614, en la que el rey Felipe III ordenaba a los mercaderes que no cargasen los animales con más de 8 arrobas (aproximadamente 95 kilos) para evitar los excesos que se cometía, pero a veces no se cumplía.

Los habitantes de Córdoba eran ricos en oro y plata, adquiridos por el comercio que se hacía con mulas, vendían hasta 30.000 mulas al año, era un cerrado monopolio español.

La Revolución de Mayo afectó gravemente el comercio de mulas y llevó a la disolución a las sociedades que tenían los españoles.

Cuando San Martín cruzó los Andes, a pesar de tantos cuadros que lo muestran montado en briosos corceles, lo real es que lo hizo sobre una mula, como Napoleón al tramontar el San Bernardo.

Dice Mitre: "Toda la tropa iba montada en mulas, y marchaba por los estrechos senderos, pero organizada a la manera de arrias".

Al viajero le digo que cuando el miedo y el cansancio le dominen, debe dejar floja la rienda y confiar en la mula. Trátala bien y llegarás sano y salvo.