La fuga material o abandono físico del hogar de los adolescentes es un riesgo que ha existido siempre, pero en la época actual ha aumentado considerablemente. El adolescente decide marcharse sin pensar en las consecuencias que pueden derivarse de esta acción, en forma inesperada e impulsiva, sorprendiendo generalmente a los padres, sobretodo en el período de la pubertad. Se da entre los 14 y 18 años, con un pico a los 15. Es significativo que los fugados frecuentemente no presenten culpabilidad ni arrepentimiento por lo que han hecho cuando regresan al hogar, pues han gozado de un tiempo de libertad.

Las fugas en la pubertad son, generalmente, de corta duración. Pero al final de la adolescencia media y en la superior, tienen mayor duración por la posibilidad de bastarse a sí mismos y la acogida por parte de amigos.

La fuga física obedece a diversas causas liberadoras: una necesidad de evadirse de una situación problemática como maltrato físico y emocional, una manifestación de protesta contra el ambiente familiar por desavenencias conyugales y familias desestructuradas, la falta de aceptación y cariño en el hogar, una manera de evitar algún castigo, las presiones familiares por actitudes autoritarias de los padres, la excesiva severidad e intolerancia ante los errores y fracasos de los hijos, la falta de confianza entre padres e hijos, el fracaso escolar, la falta de comunicación con los padres, el abuso sexual, etc.

Un elemento importante en las fugas del hogar son las amistades de los hijos en cuanto pueden inducir al abandono y participar del mismo. De allí la necesidad de que los padres conozcan los amigos de sus hijos.

Suelen estar precedidas por fugas encubiertas o pseudofugas, donde no hay una ruptura abierta y completa con la familia, pero se da un cierto alejamiento o ausencia moral y/o material del hogar. Hay un alejamiento del adolescente del núcleo familiar, con el cual no se siente a gusto, con rebelión pasiva ante la amenaza de la autonomía personal, con manifestaciones de indisciplina, con caras largas, con evasión en el cumplimiento del deber, etc.

Los padres deben y pueden prevenir las fugas de sus hijos adolescentes mediante una convivencia familiar que favorezca las necesidades básicas de aceptación incondicional, de seguridad y de sentirse amados, apoyados y favorecidos en sus aspiraciones. Los hijos deben comprender que son amados no por sus cualidades o méritos, sino por lo que son: personas únicas e irrepetibles. Deben comprobar que sus padres se interesan en sus problemas y actividades, y que son hechos partícipes de las tareas y necesidades familiares, contando con su opinión cuando sea necesario y contribuyendo con su esfuerzo para que la familia salga adelante (ya hemos tratado el tema de la participación familiar anteriormente).

Los adolescentes suelen pensar que solo serán aceptados y amados por sus padres si cumplen ciertas condiciones, si se portan bien y traen buenas notas a casa, si sirven para algo o se destacan en alguna actividad. Esta es la diferencia entre el ámbito familiar y el social: fuera de la familia es aceptado sólo por lo que tiene, en cuánto vale para algo. En cambio, los padres aman y aceptan a sus hijos incondicionalmente, por lo que son, aun con sus defectos, con un amor totalmente desinteresado y palpable, que se traduce en detalles concretos.

Por último, será necesario que los padres sean comprensivos y tolerantes con sus hijos. Ciertamente, es necesaria la exigencia, pues el hijo es un ser perfectible, es alguien que puede y debe mejorar. A esto apunta la educación de los padres: a que pueda perfeccionarse. Pero sabiendo que la exigencia no debe ser asfixiante y que se debe corresponder con las posibilidades de cada uno.

Además, en la participación de los hijos en el hogar los padres sabrán tolerar que ellos se equivoquen, que no hagan las cosas "como las haríamos nosotros", nada de críticas ni descalificaciones, alentando así su participación y colaboración en el bien común del hogar.