La puja salarial de los gremios docentes se mantiene en 15 provincias, con paros en 9 distritos que impiden la iniciación del ciclo escolar al transcurrir dos semanas de la fecha prevista. Es un tema preocupante por la pérdida de días de clases, en un año de por sí restrictivo debido a la excesiva cantidad de feriados nacionales y asuetos. Este panorama debilita aún más la ya cuestionada calidad educativa, acentuada en la escuela pública, más allá de la legitimidad del reclamo de los educadores por un sueldo digno.
Estamos viviendo uno de los comienzos de clases más conflictivos de los últimos años, impulsado por la situación económica del país y la imprevisión de las autoridades frente a negociaciones que debieron iniciarse en diciembre para no perjudicar al educando. Precisamente las consecuencias de las desinteligencias, junto a fallas estructurales en la formación, los contenidos a desarrollar en las aulas y los problemas que postergan a sectores sociales, llevan a mantener una alarmante precariedad educativa fácil de comprobar.
En la última evaluación del Programa Internacional para la Evaluación de Estudiantes secundarios (PISA), se comprobó que la mitad de los alumnos argentinos no accede a los saberes indispensables para una inserción social plena. Los más perjudicados son los estudiantes de nivel socioeconómico bajo, que se ubicaron en el cuarto lugar entre los peores de los 65 países participantes. A su vez, los chicos de las escuelas de más alto nivel socioeconómico del país sólo alcanzaron a igualar a los de las escuelas de más bajo nivel socioeconómico de las naciones desarrolladas.
Si bien la conflictividad social repercute en las escuelas, sean públicas o de gestión privada, los pedagogos apuntan al divorcio que existe entre la cultura de la dispersión, los intereses de las nuevas generaciones y el molde escolar tradicional. Las clases expositivas y repetitivas, el aprendizaje pasivo, la enseñanza homogénea -iguales métodos y ritmos para todos-, la desconexión del mundo exterior, o el escaso uso de las nuevas tecnologías son algunas de las deficiencias crónicas. Otras fallas y disparidades son atribuibles a la formación y la soledad en que trabaja el docentes.
En la política estructural no basta la mayor inversión para crear nuevos cargos docentes, proveer computadoras y material didáctico o atender a las escuelas rurales. La situación exige un replanteo general, sin descuidar los casos puntuales que aquejan a la educación argentina.
