En medio de todos los problemas que han aquejado a la humanidad después de cada guerra, siempre hubo alguien que le dio carácter a la voz del hombre y metas a su forma de actuar. Y, ello ha servido de guía a varias generaciones.
Un hecho imborrable. El 6 de enero de 1941 el presidente Franklin D. Roosevelt pronunció un discurso ante el Congreso de los EEUU, y fundamentalmente dijo que ese país esperaba un mundo fundado sobre cuatro libertades esenciales: de palabra; de cultos; de trabajo y de eludir el temor. Y fueron interpretadas como: Libertad para expresar sus ideas; libertad para adorar a Dios en la forma preferida; libertad para elegir la forma de trabajar a fin de no padecer necesidad y libertad de evitar todo aquello que haga que la gente sufra algún temor.
No se trataba sólo de la posición de un mandatario brillante, sino de un hombre que al trascender las necesidades ocasionales y mínimas, llegó a la verdad de la vida.
El tema de la libertad ha ocupado la mente de pensadores brillantes porque -se considera- que es una palabra que vale oro y rompe cadenas cuando se ejecuta sin distinción de personas.
Es fácil hablar de libertad pero es más que difícil experimentarla a pleno. Sus raíces deberían estar en la familia y en la escuela para que el ser humano se desarrolle en ese ambiente y con esas ideas.
En los últimos tiempos no se ha pensado en la libertad al menos que esté ligada a un interés del ser humano. Esos intereses comienzan en los negocios y se bifurcan luego en otros muy difíciles de definir.
Esto se puede observar en la política que tiene una escala casi invariable: promesas a los ciudadanos para satisfacer sus necesidades más visibles, encuadre político de cada discurso, y participación en las próximas elecciones para llegar a la presidencia o a los cargos más altos.
¿Qué puede hacer, entonces, el ciudadano con respecto a sus históricas libertades?. Prácticamente nada, si escucha noticias sobre la actualidad se confunde. Y entra luego en una indiferencia política y social que cierra muchas puertas, no abre ninguna.
Si uno se preguntara cuán libre es un ciudadano de ésta época, llegaría a una conclusión negativa porque el hombre de hoy vive agobiado por sus necesidades y las incertidumbres que ocasionan el alto costo de la vida.
Esa situación le impide sentirse libre para pensar y actuar porque estar atado a las circunstancias que genera la diaria necesidad, impide ver muchas otras cosas a la vez que imposibilita disfrutar de otras tantas.
Las libertades como principios de vida deberían estar presentes en todos: hombres y mujeres, jóvenes y mayores, docentes y alumnos. Y, en toda persona que deba replantear algo en la vida, por mínimo que esto sea.
